07 Abr Ramón Navarro: «La liturgia no es algo que hacemos: es algo que recibimos y vivimos»
Ramón Navarro Gómez es sacerdote y trabaja en el ámbito de la liturgia en la Conferencia Episcopal Española (Director del Secretariado de la Comisión Episcopal para la Liturgia de la CEE). Está implicado en la formación de sacerdotes, seminaristas y laicos, así como en la elaboración y revisión de textos litúrgicos oficiales. Compagina esta tarea con la docencia en liturgia y teología y su labor diocesana, como delegado de liturgia y canónigo de la Santa Iglesia Catedral. Su reflexión se centra especialmente en la comprensión teológica de la liturgia y en su vivencia concreta en la vida de la Iglesia, buscando siempre unir profundidad doctrinal, sentido eclesial y aplicación pastoral. Hace unos días, don Ramón Navarro Gómez, director del Secretariado de la Comisión Episcopal para la Liturgia de la Conferencia Episcopal Española, visitaba nuestra diócesis para participar en la Formación Permanente del Clero y en la Cátedra San Juan Pablo II para disertar sobre ‘Cuando la Iglesia celebra: la belleza de los ministerios en la liturgia’. En sus conferencias trasladó la importancia de la Liturgia y las últimas novedades en relación a ella, además de establecer un rico debate con sus hermanos sacerdotes sobre distintos aspectos.
-El ministerio de la presidencia litúrgica. ¿En qué consiste?
-Presidir la liturgia no es “dirigir” algo que hacemos nosotros, sino hacer visible a Cristo que actúa en su Iglesia. El sacerdote preside en la persona de Cristo Cabeza, al servicio del pueblo de Dios, no por encima de él. Esto significa que no es protagonista, sino signo. Su misión es dejar que la Iglesia celebre tal como ha recibido, cuidando los gestos, la palabra, los silencios… para que todo transparente que es Cristo quien está actuando. Cuando esto se entiende bien, la celebración gana una profundidad enorme.
-¿Cuáles son las tentaciones del que preside una celebración?
-La principal tentación es ponerse en el centro. A veces de forma muy evidente —improvisando, personalizando en exceso— y otras de forma más sutil, buscando hacerlo “a su manera”. También está la tentación de la rutina, de celebrar sin alma, como algo automático. Y otra muy frecuente hoy: pensar que hay que “hacer la liturgia más atractiva” añadiendo cosas. En realidad, lo que necesitamos no es añadir, sino entrar más profundamente en lo que ya es la liturgia.
“La belleza de la liturgia no es estética superficial: es la manifestación de la verdad del misterio que se celebra”
-¿Qué elementos hay que cuidar para salvaguardar la belleza en la liturgia?
-La belleza en la liturgia no es estética superficial: es la manifestación de la verdad del misterio que se celebra. Por eso hay que cuidar la fidelidad a los ritos, la dignidad de los gestos, la calidad de la proclamación de la Palabra, el silencio, el canto, el espacio… Pero, sobre todo, hay que cuidar la interioridad. Una liturgia bien celebrada, aunque sea sencilla, es profundamente bella. Y una liturgia muy “cuidada” externamente, pero sin fe, pierde su fuerza.
-¿Es la liturgia un medio privilegiado para la evangelización?
-Sin duda. Pero no en el sentido de que sea una herramienta más. La liturgia es fuente y culmen de la vida de la Iglesia. Cuando se celebra bien, evangeliza por sí misma. No porque se explique mucho, sino porque se vive el misterio. Muchas personas, incluso alejadas, perciben cuando una celebración es verdadera. Por eso, una buena liturgia no necesita añadidos para evangelizar: necesita ser fiel a lo que es.
“Los jóvenes están redescubriendo la liturgia. En ella encuentran una realidad que no depende de nosotros, que nos precede y nos supera”
-¿Están redescubriendo los jóvenes la liturgia de la Iglesia?
-Sí, claramente. Y es algo muy esperanzador. Muchos jóvenes buscan autenticidad, profundidad, algo que no sea superficial ni improvisado. Y en la liturgia encuentran precisamente eso: una realidad que no depende de nosotros, que nos precede y nos supera. Cuando se les introduce bien, cuando se les ayuda a comprender y a participar, responden muy bien. A veces el problema no es la liturgia, sino cómo la presentamos. Y el resto y el desafío pastoral será siempre la formación.
“El reto es pasar de una fe que se “siente” a una fe que se vive, se comprende y se celebra, sin perder nunca la dimensión del corazón”
-A la luz del reciente documento de doctrina de la fe, ¿qué riesgos o retos se presentan?
-El documento es muy equilibrado y, en el fondo, muy oportuno. Reconoce algo evidente: que hoy muchas personas llegan a la fe a través de una experiencia emocional fuerte, y eso es bueno, porque la fe implica a toda la persona. Pero al mismo tiempo advierte de un riesgo claro: reducir la fe a lo que uno siente. El problema no son las emociones, sino el emotivismo, es decir, cuando la fe depende solo de estados de ánimo o experiencias intensas. Entonces se vuelve frágil, inestable, y no madura. El reto, por tanto, es integrar bien todas las dimensiones: afectiva, intelectual y volitiva. Es decir, sentir, sí, pero también conocer la fe, celebrarla, vivirla y encarnarla en la vida concreta. Y aquí la liturgia tiene un papel clave. Porque la liturgia no apela solo a la emoción, sino que forma el corazón desde la verdad del misterio. Nos educa interiormente, nos saca de lo subjetivo y nos introduce en algo que es mayor que nosotros. En definitiva, el reto es pasar de una fe que se “siente” a una fe que se vive, se comprende y se celebra, sin perder nunca la dimensión del corazón.