08 Sep Monseñor Brotóns nos invita en Guadalupe a promover la cultura «del cuidado y del encuentro»
Monseñor don Ernesto Jesús Brotóns Tena, Obispo de Plasencia, invitaba esta mañana a todos los extremeños a promover la cultura «del cuidado y del encuentro». Lo hacía en su homilía con motivo de la santa misa pontifical que presidía en Guadalupe el Día de Extremadura, donde estuvo acompañado por el Arzobispo de Toledo, Monseñor don Francisco Cerro, el de Mérida-Badajoz, el de Coria-Cáceres y otros Obispos extremeños, entre ellos los eméritos Monseñor don Ciriaco Benavente y Monseñor don Amadeo Rodríguez. También participaban otros vicarios y sacerdotes de nuestra diócesis y el vicario permanente Óscar Salgado, además del Padre Guardián del Monasterio. En la ceremonia estuvo presente, entre otras autoridades políticas, la presidenta de Extremadura, María Guardiola.
En su alocución, Monseñor Brotóns se congratuló por al año jubilar guadalupense, que está en sus «albores» y reivindicó la figura de la Virgen, cuyo nacimiento hoy celebramos, que siempre nos da «amparo y consuelo», que llevó en su seno al «Autor de la Vida», y que es «Madre y Hermana».
Nuestro prelado recordó la descripción de Juan Pablo II de Extremadura «como tierra que fue de emigrantes y es hoy de acogida», conjugando los verbos utilizados por sus sucesores de «acoger, proteger, promover e integrar» y no cediendo ante los discursos de odio.
La mirada de la Morenita «es un buen antídoto frente a tanta polarización y enfrentamiento que hieren nuestra sociedad, la anquilosan y deshumanizan. Nos enseña a no desviar la nuestra y a acercarnos a aquellos a los que miramos menos y que más necesitan: los más desamparados, los que no tienen con qué vivir —¡qué altos son todavía los índices de quienes viven en riesgo de exclusión social en nuestra tierra!—, los que están solos, los enfermos o los que, como Ella un día, «sin papeles», con el corazón en un puño y su hijo en brazos, se vieron obligados a abandonar su hogar y su tierra, huyendo de la violencia o del hambre, en búsqueda de un futuro mejor».
A la vez, tuvo «una palabra de solidaridad y de esperanza para nuestros pueblos afectados por los incendios y de reconocimiento y gratitud para quienes se han jugado la vida en la lucha contra el fuego».
Homilía
Queridos hermanos y hermanas, hermanos obispos y sacerdotes, comunidad franciscana y Padre Guardián, Sra. Presidenta y demás autoridades, peregrinos, vecinos de La Puebla: un afectuoso saludo a todos y a cada uno de vosotros.
Gracias, querido hermano Francisco, por cederme la presidencia de la Eucaristía en este día de Extremadura, en los albores de este año jubilar guadalupense. Celebramos el nacimiento de Aquella que llevó en su seno al Autor de la Vida, nuestra Paz, como decía la primera lectura; Aquella que, como Madre y Hermana nuestra, ha querido habitar aquí, junto a nosotros, en esta bendita tierra extremeña, para compartir desde cerca nuestros gozos y fatigas, esperanzas y sufrimientos.
Siempre es una alegría y un regalo poder hacer fiesta en torno a nuestra Madre, agradecer su cuidado materno, su amor y su ternura. Es una alegría y un regalo contemplarla y, sobre todo, dejarnos mirar por Ella; acercarnos a Ella en los momentos buenos y en los difíciles, como tantas veces hacemos —quizá alguna vez con lágrimas en los ojos (¿verdad?), y siempre, seguro, con el corazón en la mano—. No dejemos de hacerlo, por favor.
En Ella, en la Morenita, en nuestra Madre de Guadalupe, siempre vamos a encontrar amparo y consuelo. En su mirada nos alcanza la ternura de Dios. Ella nos busca, como reza el lema de este año santo, para ofrecernos y regalarnos en este jubileo lo más grande: el amor de su Hijo, el abrazo del Padre, amor que sana, restaura, levanta, reconcilia y hermana. Ella, en medio de nuestro mundo herido por tantos conflictos, desastres, violencias… nos dice: «no temas, ¿acaso no estoy aquí, contigo, que soy tu madre?».
De hecho, aprendemos a ser más hermanos y más humanos porque nos mira la Madre. Sí, somos un pueblo y la mirada de la Virgen nos vincula con lazos de hermandad y nos ayuda a relacionarnos entre nosotros de otra manera, a aceptarnos unos a otros y reconocernos mutuamente, aun en las diferencias, y con la riqueza que esto supone.
Su mirada es un buen antídoto frente a tanta polarización y enfrentamiento que hieren nuestra sociedad, la anquilosan y deshumanizan. Nos enseña a no desviar la nuestra y a acercarnos a aquellos a los que miramos menos y que más necesitan: los más desamparados, los que no tienen con qué vivir —¡qué altos son todavía los índices de quienes viven en riesgo de exclusión social en nuestra tierra!—, los que están solos, los enfermos o los que, como Ella un día, «sin papeles», con el corazón en un puño y su hijo en brazos, se vieron obligados a abandonar su hogar y su tierra, huyendo de la violencia o del hambre, en búsqueda de un futuro mejor.
En este mismo lugar, san Juan Pablo II describió a Extremadura como tierra que fue de emigrantes y es hoy de acogida. Sus sucesores en la sede de Pedro nos han enseñado a conjugar verbos como acoger, proteger, promover, integrar, que generan una verdadera cultura del encuentro, que no cede ante los discursos de odio. La calidad humana de una sociedad se mide en cómo se sitúa ante el que sufre — que es mucho más que un dato o una cifra — y en cómo cuida de la fragilidad. Y nuestra tierra y nuestra gente tienen, sin duda, una inmensa calidad humana.
María nos implica a personas e instituciones en la buena aventura de construir una sociedad más justa, humana y fraterna para todos. De hecho, no hay mayor gozo para una madre que ver a sus hijos compartir la misma mesa; momento que a menudo aprovecha para susurrarte al oído: «¿has hablado con tu hermano?, ¿te has reconciliado con él? Te necesita…». «Que a nadie que se acerque a esta casa le falte el pan» nos rogó expresamente nuestra Madre de Guadalupe hace más de setecientos años.
Por eso, en este día, sencillamente os invito a que promovamos entre todos esta cultura del cuidado y del encuentro; cada uno desde su lugar y responsabilidad más propios, unidos, aunando esfuerzos, en red. De esta manera, Extremadura podrá reconocerse en su Madre.
Hermoso deber es cuidar de nuestros pueblos —muchos de ellos pequeños, pero no por ello menores en dignidad y en derechos—, de nuestra casa común y de nuestro paisaje, de nuestros campos. Aquí, no puedo menos que dedicar una palabra de solidaridad y de esperanza para nuestros pueblos afectados por los incendios y de reconocimiento y gratitud para quienes se han jugado la vida en la lucha contra el fuego.
Hay vida cuando se da vida, cuando se defiende el valor y la dignidad inalienable de toda persona humana, ya desde el seno materno y sin exclusión, por encima de cualquier beneficio, interés o instrumentalización. Como cristianos, no tengamos miedo de arrimar el hombro junto al de tantos hombres y mujeres de buena voluntad, en aras de todo lo que suponga crecer en humanidad y sirva al bien común.
Guadalupe, hogar materno, casa grande de todos, lugar de búsqueda y encuentro, celebra hoy el nacimiento de María, Aquella que engendró a Cristo para el mundo, y reconoce en Ella su identidad y vocación última, la de nuestra Iglesia que peregrina en estas tierras de Extremadura, tierra de grandes misioneros y evangelizadores, y también tierra de misión. Al igual que nuestra Madre, estamos llamados como comunidad cristiana a ofrecer a Cristo al mundo, a conducir hasta Él, Camino, Verdad y Vida, fuente y modelo de la nueva y plena Humanidad, a ser testigos fieles de su amor. Al igual que ayer, María nos sostiene y alienta en la misión.
Queridos hermanos y hermanas, mientras nos sostenga esa mirada tierna de la Morenita, Extremadura no estará huérfana, ninguno de nosotros estaremos huérfanos. En Guadalupe, nuestra Madre nos busca y espera. Bajo su amparo nos acogemos y ponemos nuestra tierra, nuestros pueblos y ciudades, nuestras familias y hogares, nuestras comunidades cristianas, el presente y el futuro que queremos construir juntos. Junto a Ella, oramos por la paz con el deseo de ser, allí donde estemos, artesanos, signos e instrumentos de comunión y reconciliación. Que el Señor nos bendiga y María, Nuestra Señora de Guadalupe, nos guarde.























