13 Dic Miguel López Varela: «La Penitencia viene a revitalizar la fe y la conversión de los cristianos»
A continuación les ofrecemos la entrevista al profesor de la Universidad Pontificia de Salamanca don Miguel López Varela, publicada en el último número de la revista diocesana Iglesia en Plasencia.
«La Penitencia viene a revitalizar la fe y la conversión de los cristianos»
Nacido en Culleredo, A Coruña (1980), don Miguel López Varela es sacerdote de la diócesis de Santiago de Compostela, licenciado en Teología Fundamental por la Universidad Pontificia de Salamanca, y en Catequética y evangelización por la Pontificia Universidad de Roma; doctor en Teología Catequética y Pastoral Juvenil por la misma. Párroco y Delegado para la Catequesis y el Catecumenado en su Diócesis. Profesor en la Universidad Pontificia de Salamanca, el Instituto Teológico Compostelano y la Universidad Católica de Valencia. Vicepresidente de la Asociación Española de Catequetas, miembro del Equipo Europeo de Catequesis y de los consejos de redacción de las Revistas “Catechetica ed Educazione” y “Teología y Catequesis”. Atiende a ‘Iglesia en Plasencia’ con motivo de su participación en la Formación Permanente del Clero, donde ha disertado sobre ‘Reconciliarse con el Sacramento de la Penitencia: fuente de santificación y renovación presbiteral y clave de conversión pastoral para la nueva etapa evangelizadora’.
– Introdúzcanos en el Sacramento de la Penitencia, ¿cuál es el ‘leit motiv’ de la conferencia?
– La penitencia es más que el tercero de los sacramentos del septenario católico. Se trata de una actitud, o mejor, sensibilidad que es propia del cristiano y según la cual se reconoce la grandeza de la misericordia entrañable de Dios ante la pequeñez de su humanidad marcada por el pecado. De modo que la penitencia es como una disposición presente en el creyente que hay que cultivar cada día y que termina conduciendo a la celebración del sacramento. La línea que recorre toda mi intervención es sencilla y quise expresarla en el título de la misma, a pesar de que haya salido largo: “Reconciliarse con el sacramento de la penitencia: fuente de santificación y renovación presbiteral y clave de conversión pastoral para la nueva etapa evangelizadora”. Ante la fuerte crisis que vive este sacramento, el presbítero se encuentra en una situación conflictiva que no es fácil resolver, y para la cual me gustaría compartir algunas sencillas claves pastorales. Esta tensión podemos expresarla en forma de pregunta: ante esta situación, ¿cómo asegurar la celebración sacramental de la penitencia, siendo ésta una realidad esencial para la vida y la misión evangelizadora de la Iglesia, sobre todo en esta nueva etapa evangelizadora? Un sacramento cuya celebración se asocia al ministerio del presbítero. Considero que la auto-conciencia en el presbítero de su propio pecado, y la necesidad que experimenta de celebrar el sacramento del perdón y la reconciliación no sólo pueden contribuir a su santidad personal, sino que reforzará, además, tanto su ministerio pastoral en relación a este sacramento, como también al resto de tareas y servicios que le han sido confiados.
– ¿Qué importancia tiene el Sacramento en la Evangelización?
– Según los textos neotestamentarios, el llamado mandato misionero de Jesús está asociado a la conversión para el perdón de los pecados y al bautismo (cf. Lc 24, 47; Mc 16, 15; Mt 28, 19-20). De modo que el perdón forma parte esencial de la misión evangelizadora de la Iglesia que, por la fuerza del Espíritu, busca hacer llegar la salvación de Dios manifestada y realizada en Cristo a todos los confines de la tierra. La Evangelii nuntiandi de san Pablo VI, carta magna de la evangelización, recordaba esta vinculación de la evangelización con la penitencia con las siguientes palabras: “Evangelizar significa para la Iglesia llevar la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad” (n. 18). En continuidad con la primera evangelización, en la actual etapa evangelizadora y en los escenarios de nueva evangelización, también la Penitencia es un sacramento imprescindible para la misión. Este sacramento viene a revitalizar la fe y la conversión de los cristianos, lo cual renueva su vida cristiana y su impulso misionero. Pero, ante todo, este sacramento nos recuerda a la entera Iglesia, y realiza de manera efectiva, por otro lado, que no es nuestra opción creyente, ni nuestras buenas obras, tampoco nuestra voluntad o deseo de salvación y de comunión con Dios lo que nos salva y nos da el perdón y la paz, sino sólo la infinita misericordia de Dios.
– Hoy en día, con tantos problemas de salud mental, ¿qué papel juega?
– Este sacramento, según el Catecismo de la Iglesia Católica, forma parte, junto con el de la unción, de los llamados sacramentos de curación. Siguiendo una concepción unitaria del hombre, que es propia de la antropología bíblica y la tradición cristiana, está claro que la salud del hombre y la mujer tiene que ver con un sano equilibrio corporal, mental, afectivo, volitivo y espiritual. En esta visión, cuerpo y alma van unidos. En unidad se enferman y unidos se sanan y salvan. Si bien es cierto que ante ciertos problemas de salud mental el presbítero tendrá que derivar al penitente a los expertos en estos campos de la mente y la psique, no obstante, estoy convencido, igualmente, que el cultivo de la penitencia, incluso en su aspecto sacramental, contribuye positivamente a la salud integral de las personas.
– ¿Qué bien puede hacer al sacerdote? ¿Y al feligrés?
– El bien que la confesión sacramental hace a los miembros del Pueblo de Dios –a los laicos, pero también a los presbíteros, obispos y consagrados– es inmenso. Y esto repercute de manera positiva en toda la Iglesia, contribuyendo a su renovación y a su identidad de ser signo e instrumento de salvación y unidad de todos los hombres, como expresaba la constitución sobre la Iglesia, Lumen gentium, del Concilio Vaticano II. Los presbíteros estamos llamados a cultivar, en primer lugar, nuestra propia sensibilidad penitencial así como la de los fieles a nuestro servicio. Pero también a hacernos disponibles a la reconciliación sacramental. Mi experiencia es que cada vez que me he empeñado en “sacar” tiempo para el confesionario, se han acercado penitentes. Creo que tenemos que priorizar y asegurar este servicio de la reconciliación propio de los presbíteros, como le llama san Pablo (2 Corintios 5, 18-21), frente a las tantísimas urgencias y exigencias del día a día pastoral. Conocemos el bien que hace a las personas, del que no podemos privar al Pueblo de Dios.
-Ahora que se acerca la Navidad, ¿cómo debemos enfocar la penitencia y la importancia de la confesión y cómo debemos preparar la venida de Cristo?
-Las rúbricas litúrgicas y la normativa disciplinar actual no consideran en sentido estricto el tiempo de adviento como un tiempo penitencial. Se trata, en cambio, de un tiempo de espera, de alegría expectante por la venida histórica del Señor en la primera navidad, de la que se hace memorial. Pero, sobre todo, por su venida definitiva cuando haga todas las cosas nuevas. Éste es su rasgo más característico, sin duda, la esperanza alegre. No obstante, la realidad es que hay una gran cantidad de elementos en el adviento que invitan a vivirlo con este sentido: el color morado, se omite el himno de Gloria en la Eucaristía, se aconseja un arreglo floral más discreto en los templos, … La figura de Juan el Bautista, uno de los protagonistas de este tiempo, es una llamada a la conversión y a la preparación del camino del Señor en el desierto. Por ello, algunos llaman al Adviento la “pequeña” cuaresma. Además, en muchas Diócesis, en el primer domingo de adviento los catecúmenos ingresan en el catecumenado. Un camino de conversión y fe que conducirá a los catecúmenos al primero y principal sacramento del perdón, que es el Bautismo, como así nos lo indica el Catecismo de la Iglesia Católica (CCE 997).