Iglesia en Plasencia: ‘Crisma’ (sección Editorial del número 639 de la revista diocesana)

Iglesia en Plasencia: ‘Crisma’ (sección Editorial del número 639 de la revista diocesana)

A continuación os ofrecemos el Editorial que, bajo el título ‘Crisma’ se ha publicado en el último número de la revista diocesana Iglesia en Plasencia.

Crisma

Crisma es la mezcla de aceite y perfume consagrado por el Obispo usada en algunos sacramentos y celebraciones litúrgicas para consagrar personas y objetos. También es sinónimo de cabeza o de la parte alta de la cabeza donde se unge el crisma durante el bautismo para significar que el bautizado es hijo de Dios.

Recibir el crisma, ser ungido por él, es recibir la elección de Dios. En el Antiguo Testamento eran los reyes quienes eran ungidos para manifestar su elección divina. Dios protegía al pueblo mediante la actividad real, especialmente en la guerra. También los sacerdotes eran ungidos para poder desempeñar su función en el templo. Y la acción profética también suponía cierta elección y unción.

Idea que se repite en el bautismo cristiano, otorgando al neo-cristiano las funciones proféticas, sacerdotales y reales del Hijo de Dios. Expresando que el nuevo hijo de Dios ha de ejercer las funciones que Jesucristo desempeñó en la historia, haciendo presente en su vida el Reino de Dios, anunciando el Evangelio y celebrando su fe de tal forma que ofrezca su vida como ofrenda.

Ser continuador de la acción salvífica de Cristo; revivir la intimidad con el Padre del cielo; dejar que la gracia divina Ayude a construir una sociedad donde estén presentes los valores eternos. El don del bautismo, el ser hijo de Dios, es una gracia que supera la capacidad humana y que se lleva a término colaborando con la acción divina.

Más que un ideal o tarea imposible es una respuesta a Dios. Un sentirse instrumento para que el amor de Dios se siga haciendo presente en la historia. Ser cauce para que la empresa divina inunde las relaciones humanas. Ser hijo de Dios es un gran regalo que implica la tarea de obedecer el designio del Padre del cielo, gracias a la acción del Espíritu Santo que ayuda a hacer testigos de la vida nueva que Jesucristo ha alcanzado por su muerte y resurrección.

Ante la invitación de ser hijo del Padre del cielo se pueden tomar dos actitudes: la de sentirse sobrepasado por la tarea a realizar y negarse a ejercer como tal; o la de sentirse halagado por tal invitación y vivir orgulloso procurando llevar a cabo la misión manteniendo bien alta la crisma.