Clara Rodríguez, presidenta de la JEC, «para llegar a los jóvenes hay que escuchar y acompañar»

Clara Rodríguez, presidenta de la JEC, «para llegar a los jóvenes hay que escuchar y acompañar»

Parafraseando, o recordando, un antiguo anuncio de los años ochenta, Clara Rodríguez cumpliría perfectamente el perfil de ‘Joven, aunque sobradamente preparada’. Esta placentina de 24 años es, desde el pasado fin de semana, la nueva presidenta de la Juventud Obrera Católica de España, sustituyendo en el cargo a otro placentino, Rubén Serrano. Y, aunque está «construyendo» su camino profesional (tiene la carrera de Bellas Artes por la Universidad de Salamanca), sigue muy vinculada a su ciudad, a su familia y a su comunidad, como bien nos cuenta.

Empática y simpática, se define: «soy muchas cosas: soy artista, compañera, amiga, hija, militante y creyente. Mi identidad se ha construido desde muchas experiencias y realidades que forman parte de quién soy y de cómo miro el mundo. Vengo de un entorno donde las relaciones cercanas y la comunidad tienen mucho valor, y eso me ha enseñado la importancia de acompañarnos y cuidarnos. También he aprendido que muchas personas tienen que luchar más para encontrar su espacio, para ser escuchadas o para que su realidad sea reconocida», señala. Además, «soy una persona creativa, inquieta y combativa. Creo que merece la pena luchar por las causas justas, defender la dignidad de cada persona y estar al lado de quienes muchas veces quedan en los márgenes. Pero también creo en una transformación hecha desde la cercanía, desde la alegría y desde el acompañamiento. Quiero ser una sonrisa para quien la busca y una persona que recuerde a otras personas que no están solas», añade.

Sobre su trayectoria y militancia en la Juventud Estudiante Católica, tiene claro que «me ha ayudado a unir todo eso: mi fe, mi compromiso y mi manera de entender la transformación del mundo».

Confiesa que «mi camino en la JEC ha sido un proceso de crecimiento, de preguntas y de descubrimiento. Llegué al movimiento buscando un espacio donde poder vivir la fe de una manera conectada con la vida real. La JEC me ha enseñado que la fe no puede estar separada de la realidad de las personas. Que creer implica mirar nuestro entorno, escuchar las historias que hay detrás de cada persona y comprometerse con aquello que necesita ser transformado. Para mí, la fe y la lucha por la justicia están profundamente unidas. Jesús no permaneció al margen, sino que se acercó a quienes eran olvidadas por la sociedad, defendió su dignidad y actuó. La JEC me ha ayudado a entender que nuestras experiencias, nuestras diferencias y nuestras historias también pueden convertirse en una fuerza para construir algo mejor», comenta.

Por eso, «llegar a la presidencia supone poner todo ese camino al servicio del movimiento, sabiendo que esto no lo construye una persona sola, sino todas las personas que forman parte de la JEC».

Rodríguez pertenece a la comunidad de Santa María de la Esperanza. «Mi fe se ha ido construyendo gracias a mi comunidad, a las personas que me han acompañado y a todas las experiencias que me han ayudado a hacerme preguntas. La JEC ha sido fundamental porque me ha ayudado a descubrir que la fe no es algo aislado de la vida. No podemos mirar hacia otro lado ante las injusticias, las desigualdades o las personas que quedan fuera. Para mí, seguir a Jesús significa ponerse al lado de la vida, de la dignidad y de las personas que necesitan ser escuchadas».

Por eso, su nombramiento como presidenta de la JEC, «supone mucha ilusión, pero también una gran responsabilidad. No lo entiendo como un reconocimiento personal, sino como un servicio al movimiento. Quiero vivirlo desde la escucha, el acompañamiento y la construcción colectiva. La JEC no pertenece a una persona concreta, sino a todas las personas que la forman».

Para conseguir esos objetivos, tiene claro que «queremos construir una JEC donde todas las personas puedan sentirse parte, donde sus realidades, sus preguntas y sus experiencias tengan espacio. Creemos que para transformar hay que tener raíces fuertes. Estos tres años no se tienen que medir sólo por las cosas que hagamos, sino por aquello que consigamos construir juntas.  Queremos cuidar la militancia, fortalecer la comunidad y seguir siendo un movimiento que mira la realidad de frente y se compromete con ella. Son tres años de mandato. Da tiempo a muchas cosas…».

Esos tres años de mandato, tiene claro que «permiten caminar, construir y sembrar, pero sabemos que los procesos necesitan tiempo. No queremos buscar únicamente resultados rápidos, sino construir algo con raíces. Para reconstruir y cambiar la realidad hay que quedarse, estar presentes y caminar junto a las personas. La transformación no nace de mirar desde fuera, sino de implicarse y formar parte de ella».

Clara sustituye en el cargo a Rubén Serrano, otro placentino. «Nos conocemos, aunque pertenecemos a parroquias diferentes. Es bonito ver que desde Plasencia hay personas vinculadas a la JEC y comprometidas con esta forma de vivir la fe. Creo que tiene mucho que ver con las comunidades que nos acompañan y con la capacidad de una ciudad y de sus personas para generar compromiso».

En cuanto al método de trabajo, «queremos trabajar desde la escucha, la participación y el acompañamiento. Necesitamos mirar la realidad de las personas, escuchar qué están viviendo y preguntarnos, desde la mirada de Jesús, qué nos interpela y cómo podemos responder. Porque la fe no puede quedarse en palabras. Tiene que hacerse vida, compromiso y acción. Para reconstruir y cambiar hay que quedarse, estar presentes y caminar junto a las personas».

Su familia y su entorno también «lo viven con mucha ilusión y también con mucho respeto por la responsabilidad que supone. Han visto mi recorrido dentro de la JEC y saben que no es simplemente un cargo, sino una parte importante de mi vida y de mi forma de entender el mundo».

Además, en la actualidad se está produciendo, o así parece, un repunto en la fe en las personas jóvenes. «Creo que muchas personas jóvenes siguen buscando sentido, comunidad y espacios donde puedan ser ellas mismas. A veces se habla de una juventud alejada, pero creo que hay muchas personas con preguntas profundas, con ganas de construir y con deseo de transformar», comenta. Por eso, «la Iglesia y los movimientos como la JEC tenemos el reto de ser espacios donde nadie tenga que dejar una parte de quién es fuera para poder formar parte. La fe tiene que ser un lugar de acogida, de encuentro y de compromiso». Y tiene claro cómo llegar a los jóvenes: «La clave es escuchar y acompañar. No podemos acercarnos pensando que tenemos todas las respuestas. Tenemos que caminar junto a las personas jóvenes, conocer sus realidades, sus preocupaciones y sus sueños. Las personas necesitan espacios donde puedan sentirse reconocidas y valoradas, donde descubran que la fe no es un discurso alejado, sino una experiencia que transforma la vida».

Para terminar, Rodríguez echa la vista atrás a toda su trayectoria cristiana: «Me quedo con las personas. Con los encuentros, las conversaciones y todos esos momentos donde he descubierto que la fe se construye en comunidad. Me quedo con la certeza de que merece la pena comprometerse y que cada persona, desde su propia historia, puede aportar algo para transformar la realidad. La JEC me ha enseñado que creer también es actuar», sentencia.