14 Ene Carta de Monseñor Brotóns: 2026. Hacia una paz «desarmada y desarmante»
A continuación les ofrecemos la carta de nuestro Obispo, Monseñor don Ernesto Jesús Brotóns Tena, publicada en el último número de la revista diocesana al hilo de la jornada por la paz y la preocupante situación que se vive en muchos lugares y países del mundo.
2026. Hacia una paz «desarmada y desarmante»
“Nada se pierde con la paz. Todo puede perderse con la guerra”. Son palabras proféticas del papa Pío XII, en la Navidad de 1939, ya en los albores de la II Guerra Mundial. Bien entrado el siglo XXI, y a pesar de haber sido testigos una y otra vez del sufrimiento y la destrucción que provocan las guerras, nuestra Humanidad parece no haber aprendido todavía la lección. Basta con mirar a nuestro alrededor para encontrarnos con un mundo cada vez más herido, en el que millones de personas sufren a diario los efectos de conflictos prolongados y de consecuencias, por otra parte, imprevisibles. Mientras se sigue con incertidumbre y preocupación la situación de Venezuela, territorios como Gaza o países como Ucrania, Yemen, Sudán o Haití encabezan una larga lista de lugares heridos por la guerra y la violencia, que dibujan un horizonte, de entrada, poco esperanzador. Vivimos, a la sazón, no solo una época de cambios sino un verdadero cambio de época, en el que, sin negar sus luces, día a día encontramos más señales de alarma que van configurando una sociedad cada vez más fragmentada e individualista, muy polarizada, enfrentada, y, en consecuencia, temerosa e incierta.
No es de extrañar, por tanto, la insistencia del Papa, desde el inicio de su pontificado, en abogar por una paz «desarmada y desarmante». Desde aquellas primeras palabras en el balcón de san Pedro, la paz ha sido el hilo conductor de muchas de sus intervenciones y gestos. En su reciente Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de 2026, La paz sea con todos vosotros: Hacia una paz «desarmada y desarmante», nos invita a rechazar la lógica de la violencia y de la guerra, para abrazar una paz auténtica fundada en el amor y la justicia, una paz que no esté basada en el miedo, sino en la confianza, en la reconciliación, pues son muchas las cicatrices y las heridas abiertas, en el diálogo sincero.
Es cierto, reconoce el Santo Padre en el citado mensaje, que muchos solo verán en este anhelo una utopía, cuando menos ingenua y bienintencionada. “Hoy no son pocos [advierte] los que llaman realistas a las narraciones carentes de esperanza, ciegas ante la belleza de los demás, que olvidan la gracia de Dios que trabaja siempre en los corazones humanos, aunque estén heridos por el pecado”. No son pocos, de hecho, los que, con impotencia, ante el curso de los acontecimientos, ven la paz como un ideal lejano, cuando no imposible, confiando al clásico «si vis pacem, para bellum» («si quieres la paz, prepara la guerra») el mantenimiento de un «status quo» mínimamente estable. No es casual que los continuos llamamientos a incrementar el gasto militar, a menudo interesados, sean presentados por muchos políticos y gobernantes como la única vía realista y eficaz para mantener el actual equilibrio. Pero la verdadera paz, advertía ya san Juan XXIII, no puede basarse en el equilibrio del terror o en un mero equilibrio de poderes; un equilibrio que, bajo la continua amenaza de una mutua destrucción, solo aporta una frágil y falsa apariencia de seguridad. Las relaciones entre los pueblos no se construyen sobre el miedo o el dominio de la fuerza, sino en el derecho, la justicia, la confianza. De ahí el mensaje del Papa que habla de diplomacia, mediación, diálogo, respeto, justicia restaurativa, no-violencia. Si quieres la paz, nos dice, prepara instituciones de paz, educa para la paz, procura vías y cauces de encuentro entre las distintas culturas y tradiciones, hagamos de nuestras comunidades «casas de paz» “donde aprendamos a desactivar la hostilidad mediante el diálogo, donde se practique la justicia y se preserve el perdón”. “Dichosos los que trabajan por la paz” (Mt 5,9).
“No son pocos, de hecho, los que, con impotencia,
ante el curso de los acontecimientos, ven la paz como un ideal lejano,
cuando no imposible”
Por ello, no basta con invocar la paz; esta, más allá de una mera ausencia de guerra, debe encarnarse en un estilo de vida, personal y comunitario, fraterno, que rechace toda forma de violencia, un estilo de vida que ponga a las personas en el centro, por encima de cualquier ideología, beneficio o interés, que defienda su inalienable e inviolable valor y dignidad, sin exclusión alguna y desde el seno materno. La esperanza cristiana no es un sentimiento ingenuo, sino una fuerza que brota cuando se reconoce la dignidad del prójimo. No es de extrañar que el camino de la violencia venga siempre acompañado del intento de despersonalizar, etiquetar y cosificar al otro, en lugar de reconocerlo como un hermano: «es negro o blanco, de derechas o de izquierdas, es mía…».
“La paz debe encarnarse en un estilo de vida,
personal y comunitario, fraterno,
que rechace toda forma de violencia”
La paz, antes que meta, es camino. Dice conversión del corazón (¡qué importante es desarmar el corazón!), conversión al otro, al rostro del «tú», aunque piense distinto, aunque venga de lejos, al diferente. Dice renuncia a la venganza, única forma de romper la lógica ilógica de la violencia. Dice misericordia (cf. Mt 25,31-46) y dice bondad del corazón. “La bondad, recuerda el Papa, es desarmante. Quizás por eso Dios se hizo niño… «Paz en la tierra» cantan los ángeles, anunciando la presencia de un Dios sin defensas, del que la humanidad puede descubrirse amada solo cuidándolo (cf. Lc 2,13-14)”. La paz se construye cuidando la fragilidad, mimando la fraternidad.
Termino recordando que la paz, además de tarea, es don; don que se suplica y pide orando a quien es nuestra Paz, a quien, desde el madero de la cruz, rasgó el velo que nos separaba de Dios (Mt 27,51) y derribó los muros que nos separaban a unos de otros (Ef 2,14). «Paz a vosotros» es el saludo del Resucitado. Su paz, humilde y perseverante, capaz de atravesar puertas y barreras, proviene de Dios, el Dios que nos ama a todos incondicionalmente. Acojámosla y, con el Hermano Francisco, 800 años después de su marcha al Padre, oremos juntos: “Señor, haz de mí un instrumento de tu paz, que donde haya odio, ponga amor; donde haya ofensa, ponga perdón…”.
¡Feliz año nuevo a todos!
