14 Jul ‘La huella de una visita’: carta de Monseñor Brotóns respecto a la visita del Papa a España
A continuación les ofrecemos la reflexión de nuestro Obispo, Monseñor don Ernesto Brotóns, respecto a la visita del Papa León XIV a España, que ha querido trasladar en una carta que sale publicada en el último número del curso de la revista diocesana Iglesia en Plasencia.
La huella de una visita
El tiempo pasa deprisa y ya se ha cumplido un mes de la visita del Santo Padre a España. Pasado ya el fervor entusiasta de lo inmediato, urge dejar que su presencia, sus gestos y sus palabras —meditadas y oradas— calen en nuestra vida, en nuestra sociedad y en nuestra Iglesia.
Ha sido una visita cargada de emoción y hondura. El Papa nos conmovió y se conmovió. Es difícil no hacerlo ante el cariño bullicioso de todo un pueblo, o ante ese abrazo respetuoso que acaricia las heridas de quienes sufren la soledad, la exclusión o el abandono. Muchas son las llagas que, en nombre del Buen Pastor, el Papa ha conocido, tocado y besado. Los testimonios escuchados impresionaban. Bendijo dos cruces: la que coronaba la majestuosa Sagrada Familia de Gaudí, expresión sublime de una fe que genera arte, crea cultura y eleva la mirada hacia quien es la Belleza con mayúscula; y aquella otra, hecha con los restos de un cayuco, memoria viva de Cristo crucificado en tantos rostros y cuerpos rotos por el sufrimiento, fuerza y aliento de quienes no temen arriesgar su vida por salvar la del hermano. «Mientras alzamos la mirada hacia Él, el Crucificado Resucitado, comprometámonos a levantar el rostro de quienes yacen en el polvo». No tengamos miedo, nos dijo, de abrazar la cruz del Señor, estandarte de caridad, para navegar por las aguas de la vida y llegar a nuestro destino, que es Cristo: Patria hacia la que caminamos y senda por la que avanzamos. No temamos, como el Cireneo, ayudar a tantos hermanos y hermanas crucificados por los dramas de la vida.
Con la mirada fija en Cristo Eucaristía, en su cuerpo entregado por todos, rogó al Señor que nos hiciera pan partido, entregado y ofrecido para la vida del mundo. «Bebamos de nuevo de esta fuente eucarística, que no nos encierra en una devoción privada, sino que nos envía a regar a los hermanos, a las familias, a los pobres, a quienes sufren, a quienes han perdido la esperanza». Hermosos e intensos fueron los momentos de oración y adoración, compartiendo junto al Sucesor de Pedro la doble mesa del Pan de la Vida y de la Palabra, en lo que, sin duda, constituyó una verdadera expresión de comunión eclesial: un tesoro que debemos custodiar siempre. «Nadie está solo creyendo en Jesús», nos recordó, subrayando la importancia de la comunidad en la vida de fe y nuestra necesidad de acompañar y ser acompañados. En sus palabras dirigidas a los jóvenes, nos exhortó a no temer al silencio y a cultivar esa dimensión interior en la que el Señor se hace el encontradizo. «Muchas veces es, precisamente, en esta experiencia de silencio donde Dios puede hablarnos o donde podemos discernir la voz de Dios», para buscar la verdad, dejarnos prender por el fuego de su amor y dirigirnos a Él con sencillez y confianza, pues conoce bien nuestra voz.
El Papa ha recorrido distintas realidades con un mismo mensaje de esperanza: ante todo, el anuncio de Jesucristo, Camino, Verdad y Vida, modelo y fuente de humanidad; y, de su mano, la firme defensa del valor infinito e inviolable de toda vida humana, amada por Dios desde el seno materno, fundamento de una sociedad auténticamente justa y de una paz verdadera. Su denuncia de la injusticia que pisotea una y otra vez esa dignidad ha sido clara y firme. De ahí que debamos preguntarnos qué sociedad estamos construyendo. Y, desde una decidida apuesta por el bien común —por encima de cualquier beneficio o interés—, trabajar juntos, en red, y tender puentes que la doten de alma y de un rumbo más justo, humano y fraterno. Así, los prejuicios, las narrativas divisivas y polarizantes, y los enfrentamientos podrán dejar paso al diálogo, al perdón y a la escucha; nadie será descartado y aprenderemos a reconocernos como hermanos.
«El Evangelio [nos advirtió] nos arranca del lugar del espectador y nos sitúa ante el hermano que llega». Por eso, «la caridad no admite demora». Enraizada en Cristo y alimentada por su amor, forma parte de nuestro ADN. La fe no es una reliquia del pasado, sino una escuela que nos enseña a arrodillarnos ante Dios y ante el prójimo. En consecuencia, la Iglesia no puede desentenderse del dolor humano. Estas palabras adquirieron especial fuerza al recordar a tantos que abandonan su hogar y mueren en el mar huyendo de la miseria o de la violencia. Como cristianos, «estamos llamados a hacer presente el amor de Dios por cada hombre y cada mujer, en el tejido concreto de la historia», en nuestra realidad cotidiana, allí donde Dios mismo nos sale al encuentro y se hace presente.
Todo ello nos obliga, como Iglesia, a revisarnos para estar a la altura de lo que el Evangelio proclama. Han sido constantes sus llamadas a salir de nosotros mismos y a no encerrarnos en nuestros propios espacios de confort. Nos ha invitado a aprender el arte de la polifonía, de la unidad en la diversidad, para ser signo e instrumento de fraternidad en un mundo herido. Nos ha instado a no temer la sinodalidad y a cuidar, entre otros cauces concretos, los consejos parroquiales y diocesanos como espacios de escucha recíproca y discernimiento. Nos ha llamado, en definitiva, a dejarnos amar por Dios para empaparnos de los sentimientos que brotan del Corazón de Jesús.
Es difícil resumir en unas pocas líneas el legado de una visita que ha dejado huella y ha constituido una verdadera ola de esperanza. Quizá el verano sea una buena oportunidad para rumiar serenamente todo lo vivido. Gracias a todos por la respuesta dada a la visita del Santo Padre y, de modo especial, por vuestra entrega y generosidad a lo largo del curso pastoral que ahora concluimos. Feliz verano. Y no dejemos de orar por la paz y por el pueblo venezolano, tan necesitado de nuestra oración y de nuestra ayuda.
Con mi afecto y bendición
