12 Jun Papa León XIV tiende la mano a los migrantes en Tenerife en su última jornada en España
A continuación les ofrecemos el resumen de la última jornada del Papa León XIV en su primera visita oficial a España como Pontífice. Se ha desarrollado en la isla canaria de Tenerife culminada con una multitudinaria misa en el puerto.
«Todos somos migrantes, peregrinos hacia la patria celestial»: León XIV se hace prójimo en Las Raíces
León XIV ha querido empezar el día en Tenerife junto a los más invisibles. En el centro de acogida Las Raíces, a las afueras de La Laguna, el Papa se ha encontrado cara a cara con migrantes que cruzaron el Atlántico, en un entorno complicado como es el centro de acogida de Las Raíces. Fue un encuentro íntimo, sin grandes escenarios, donde personas de credos distintos se reconocían hermanadas por una misma travesía. Hablándoles en francés, la lengua de la mayoría, el Papa les dejó una certeza: «Todos, de algún modo, somos migrantes, todos somos peregrinos en camino a la patria celestial».
Texto: Bernabé Villalba Silva
www.conelpapa.es
La Laguna amaneció como amanece casi siempre: nublada, húmeda, con ese fresco que se cuela hasta en los huesos. Pero bajo el cielo gris, en Las Raíces, había una alegría peculiar. Un joven gambiano lo resumía con una sonrisa: es musulmán, contaba, pero ve en León XIV «un papa de paz, un papa de humanidad», y solo con pensar en verle se le iluminaba la cara. No era una excepción. Allí esperaban hombres y mujeres, madres con sus hijos, familias enteras, todos apuntados en unas listas para poder estar; todos con el mismo deseo sencillo de ver y conocer al Papa.
Entre quienes aguardaban había al menos cuarenta católicos que habían cruzado el mar en busca de una vida mejor. Pero lo que de verdad unía a aquella asamblea era algo profundo: la experiencia de haberse jugado la vida en el agua, el dolor de ver morir a amigos y familiares en la travesía, y el desconcierto de tocar tierra para encontrarse después sin poder trabajar, esperando en un campamento. En Las Raíces, el protagonismo no era de las instituciones, sino de ellos y de quienes les devuelven, día a día, la dignidad que el camino pudiera parecer que les arrebató.
Las voces de los que cruzaron
Dos testimonios pusieron voz a esa realidad. Habló primero un joven migrante con algo de timidez. Dio las gracias por ser escuchado y confesó que muchas veces el camino es difícil, lleno de miedo, de tristeza y de soledad. No pedía grandes cosas: «trabajar, cuidar de la familia y vivir con dignidad». Y agradeció al Papa, sencillamente, «su corazón cercano».
Después tomó la palabra una madre, y su voz sonó potente, y no solo por el altavoz: hablaba con una fuerza de quien ha vuelto a vivir. Recordó que nadie abandona su tierra, su familia y sus raíces por voluntad propia cuando puede vivir en paz, y describió el Atlántico como lo que es para tantos: hambre, frío, desesperación y, muchas veces, muerte. De esa boca salió la petición más nítida de la mañana: «No pedimos privilegios. No pedimos compasión. Pedimos respeto, humanidad y la oportunidad de vivir con dignidad», suplicando que las fronteras no se conviertan «en muros de indiferencia».
Antes de que llegara el Papa, esa misma mujer había compartido entre algunos una historia que no estaba en el guión. Era musulmana, y llegó a Cristo en mitad del sufrimiento: cuando la enfermedad de su hija la empujó a entrar en una iglesia a rezar, se sintió acogida, sostenida, y allí se convirtió al catolicismo. Su testimonio, el de alguien que cruzó dos veces —el mar y la fe—, sonaba verdaderamente potente.
«El amor de Dios no conoce fronteras»
Cuando llegó su turno, León XIV pronunció su discurso en francés, para que la mayoría —senegaleses, en su mayor parte— pudiera entenderle, y saludó también en inglés. Su mensaje fue como una caricia: «El amor de Dios no conoce fronteras ni hace distinciones, se da a todos».
Confesó que, escuchando los testimonios, pensaba en sus corazones, heridos por tantas dificultades, «pero ayudados por otros corazones abiertos y generosos». Quiso desmontar la mirada que reduce al migrante a un problema, recordando que las migraciones «tienen una palabra importante que decir», pues pueden ser ocasión de encuentro y de enriquecimiento mutuo entre los pueblos. Y reunió a todos bajo una misma condición compartida: la de peregrinos. «Todos, de algún modo, somos migrantes», repitió, antes de pedir un compromiso a la altura de lo escuchado: «Ayudémonos a hacer de esta travesía un lugar más humano para todos».
Cuando el Papa se despidió, La Laguna ya no estaba nublada, es algo que suele pasar cuando sale el sol, también en el campamento había salido algún rallo de luz. El centro no podría llamarse de otro modo: allí aguardaban personas arrancadas de su tierra que, lejos de casa, intentan echar raíces nuevas en un suelo que no eligieron. León XIV se marchaba dejándoles claro que en esa travesía nadie camina solo, porque todos peregrinan hacia la misma patria. Y que ninguna frontera, ni la del mar ni la de los papeles, está por encima de la dignidad de una persona.
Aprender el lenguaje de la cercanía: la apuesta de León XIV por la integración
Si hay un idioma que León XIV conoce bien, es el del corazón. Durante este primer viaje apostólico a España le hemos escuchado desenvolverse con naturalidad e improvisar en un perfecto español, cambiar entre líneas al catalán en su paso por Barcelona, rezar en latín junto al clero y sorprender en un francés sencillo para acercarse a los migrantes de Tenerife. Sin embargo, hoy en la Plaza del Cristo de la Laguna el Santo Padre ha querido recordar que existe una lengua anterior a todas ellas: el contacto con el corazón del otro.
Autor: Julia Nieto Sánchez
www.conelpapa.es
Fotografías: Eloísa Pérez/ACFI/EUROPA PRESS
Si hay un idioma que León XIV conoce bien, es el del corazón. Durante este primer viaje apostólico a España le hemos escuchado desenvolverse con naturalidad e improvisar en un perfecto español, cambiar entre líneas al catalán en su paso por Barcelona, rezar en latín junto al clero y sorprender en un francés sencillo para acercarse a los migrantes de Tenerife. Sin embargo, hoy en la Plaza del Cristo de la Laguna el Santo Padre ha querido recordar que existe una lengua anterior a todas ellas: el contacto con el corazón del otro.
Con el agridulce sabor en los labios de la emoción contenida en el centro “Las Raíces”, León XIV llegaba a la plaza tinerfeña para encontrarse con quienes hacen posible que la dura llegada de los migrantes a Canarias tome una dimensión humana, cálida y acogedora. Tras haber escuchado apenas unas horas antes el relato de quienes un día se jugaron la vida en el mar, iba a encontrarse con quienes consiguen que la historia florezca cuando la embarcación toca tierra. Porque si “Las Raíces” fue el lugar donde resonó el drama del desarraigo, la Plaza del Cristo de la Laguna estaba empezando a ser el escenario donde aparecía la respuesta: el encuentro.

El lenguaje de la cercanía
“Necesitamos aprender el lenguaje de la cercanía, ese que se comprende más con las manos que con las palabras”, afirmaría más tarde el Pontífice. Una afirmación cargada de profundidad para quien cree en una Palabra que se hizo Carne y puso su tienda entre los hombres, Cristo. Porque cómo recordaría también León XIV “la caridad cristiana brota del amor de Dios derramado en el corazón del creyente”. Y por ello, parece providencial que este encuentro haya tenido lugar precisamente en el día de la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús.
Toda la mañana pareció girar alrededor de esa imagen: la de un corazón abierto que sigue levantando puentes allí donde Babel parece empeñada en levantar fronteras.Un corazón que, como recordaría el Santo Padre, “está llamado a ensancharse para acoger” las historias de quienes llegan a una “ciudad sin murallas” abierta al encuentro.
El acto acumulaba varios minutos de retraso. Aunque, a decir verdad, nadie parecía demasiado preocupado por ello. A estas alturas del viaje todos hemos comprendido que los horarios del Santo Padre son una referencia flexible cuando hay personas esperando para saludarle. Y esta mañana tampoco iba a ser diferente.
Ni siquiera el retraso privó al Santo Padre de acercarse a quienes aguardaban con ilusión su llegada. Antes de ocupar su lugar, estrechó manos, escuchó historias apresuradas, repartió sonrisas y alguna que otra carcajada. Lo de siempre. O quizás no tanto, porque mientras muchos esperaban el inicio oficial del acto para escuchar las palabras del Santo Padre, él ya estaba testimoniando con sus gestos buena parte de lo que después desarrollaría en su intervención: comunicarse a través del amor, de la cercanía.

Una mano que salva y que acoge
Los testimonios que se sucedieron a continuación llegaban desde Venezuela, Senegal, Marruecos o Colombia. Distintas procedencias, distintos acentos, distintas travesías. Y, sin embargo, todos parecían compartir una misma experiencia. Ninguno habló únicamente de lo que había perdido ni de las dificultades que había atravesado para llegar allí. Todos terminaron hablando de la mano que les acogió al llegar y de como aquella experiencia de amor había transformado su vida.
Al escucharlos, daba la impresión de que la acogida da más fruto del que parece sembrar. Más allá de los países de origen o de las circunstancias concretas de cada historia, todos los relatos terminaban desembocando en una comunidad que hizo sitio, una parroquia que abrió sus puertas, una fundación que se convirtió en familia o un sacerdote que supo mirar y amar antes de preguntar. Y lo que empezó siendo gratitud, terminó transformándose en servicio.
Como broche a los testimonios, el Santo Padre tomó la palabra recogiendo todas aquellas historias para detenerse en la forma concreta de mirar que exige la verdadera integración. “La integración exige aprender a leer de otra manera”, comenzó diciendo. Porque, advertía, “hay miradas que ven y sin embargo no reconocen. Convierten un rostro en cifra, una historia en expediente y una diferencia en distancia”.
Integrar como un camino recíproco
Con la firmeza y delicadeza que han caracterizado todas sus intervenciones durante este viaje, León XIV declaró que “hablamos ante todo de personas creadas a imagen y semejanza de Dios, antes que de categorías jurídicas o de problemas que administrar”. Un órdago dirigido a una sociedad que con frecuencia contempla el fenómeno migratorio desde la distancia de los números y los debates, olvidando que detrás de cada estadística hay un rostro concreto y una historia única.
A partir de ahí, el Papa desarrolló una de las ideas centrales de su intervención. “Integrar no consiste en borrar la historia de quien llega ni exigirle que deje atrás todo lo que forma parte de su memoria”. Tampoco significa “crear mundos paralelos cerrados unos a otros donde las personas conviven sin encontrarse realmente”. Al contrario, “integrar es un camino recíproco”. Quien llega “aprende a habitar una tierra nueva” y quien recibe “aprende a ensanchar su propia casa sin diluir su identidad y sin cerrar su corazón al encuentro”.

De la misma manera, León XIV quiso dirigirse también directamente a los migrantes presentes en la plaza. Los animó a “abrirse con confianza a la comunidad que les recibe”, a “aprender su lengua, respetar sus leyes, conocer sus costumbres y participar en la vida común”. Pero inmediatamente añadió algo igualmente importante: ofrecer “con gratitud sus dones”.
Aquella referencia permitía comprender mejor todo lo escuchado durante la mañana. Porque ninguno de los testimonios había terminado en la necesidad. Todos terminaban en la aportación: en el trabajo y en el servicio y en las ganas de amar a los demás como ellos se habían sentido amados.
Quizás por eso una de las frases más destacadas de toda la intervención fue aquella en la que recordó que quienes llegan no traen únicamente necesidades. “No podemos olvidar a tantos migrantes que forman ya parte viva de la comunidad y que, con su fe, su trabajo y sus dones, ayudan a renovarla”. Y, dirigiéndose a quienes los reciben, añadió una invitación inesperada: “Déjense también evangelizar por ellos, pues seguramente traen consigo regalos que la Providencia ha querido hacer llegar a ustedes”.
A esas alturas del encuentro, las distintas historias escuchadas durante la mañana comenzaban a encajar como piezas de un mismo mosaico. Darwin, el sacerdote que abrió las puertas de su parroquia para acoger a quienes llegaban sin nada. Mbacke, el joven senegalés que encontró una familia en la Fundación El Buen Samaritano. Khalid, el marroquí que hoy asegura ser “feliz trabajando en el Colegio Salesiano”. O Thalia Johana, que descubrió en Cáritas una forma de devolver lo recibido acompañando ahora a quienes llaman a las puertas de la Iglesia en busca de ayuda.
Impedir un segundo naufragio
Todos parecían confirmar la misma afirmación: la acogida auténtica no termina cuando alguien recibe ayuda. Comienza precisamente ahí. Porque el desafío no es solo rescatar, sino acompañar; no basta con abrir una puerta, hay que ayudar a construir un hogar.
De hecho, León XIV quiso poner nombre a esa realidad que tantas veces permanece oculta. Los naufragios, recordó, no ocurren únicamente en el mar. “Existe también un naufragio silencioso después de la llegada: quedar sólo en una ciudad, sin lengua, sin vínculos, sin trabajo, sin confianza y expuesto a quienes se aprovechan de la vulnerabilidad”. Por eso, añadió el Pontífice, “integrar es impedir ese segundo naufragio”. Integrar significa ayudar a que quien llegó herido “pueda volver a ponerse en pie, reconocer sus dones y ofrecerlos a la comunidad”.
Hubo también espacio para las palabras más severas del encuentro. León XIV se dirigió directamente a quienes “organizan rutas de muerte, trafican con personas, retienen documentos, explotan trabajadores, amenazan mujeres o convierten el sufrimiento ajeno en negocio”. Su llamada fue tan clara como contundente: “Deténganse. Conviértanse”. No fue una condena cerrada, sino una llamada a la conversión: “Vuelvan mientras aún hay tiempo”, pidió León XIV, recordando que “la misericordia de Dios puede alcanzar incluso al pecador más endurecido”, aunque sólo puede hacerlo “por la puerta estrecha de la verdad, la justicia y la conversión”.

Aquellas palabras parecían condensar buena parte de lo que León XIV había contemplado durante esta jornada y, en cierto modo, durante todo su viaje apostólico. Desde su primer encuentro en CEDIA hasta esta última cita en La Laguna, el Papa ha insistido una y otra vez en una misma convicción: la dignidad de la persona humana nunca depende de sus capacidades, de su origen, de su situación administrativa o de las circunstancias que le hayan tocado vivir, sino en ser hija de Dios. Por eso su llamada a quienes convierten el sufrimiento ajeno en negocio no sonaba únicamente como una denuncia, sino también como la reafirmación de todo lo que había venido proclamando durante estos días: que ningún ser humano puede ser tratado como mercancía, porque cada vida posee un valor que nadie tiene derecho a arrebatar.
Atrás quedaban Madrid, Barcelona y Canarias. Atrás quedaban también los encuentros, los discursos, las celebraciones multitudinarias y los momentos de cercanía que han marcado estos días. Sin embargo, había algo que parecía atravesar cada una de las etapas del viaje como un hilo invisible: aprender a mirar al mundo con los ojos de Cristo y a amar con su mismo corazón.
Quizás por eso resultaba especialmente significativo que aquella jornada coincidiera con la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Porque el corazón de Cristo abierto al mundo entero tiene algo que a menudo olvidamos: es profundamente humano. Conoce el cansancio de quien camina, la incertidumbre de quien deja atrás su hogar y el miedo de quien no sabe qué encontrará al otro lado. Y precisamente es de ese corazón de quien debemos aprender a hablar el lenguaje del amor, y es que allí donde “el dolor humano es tocado con amor, Cristo nos confirma que está presente”.
Poco a poco, los sones de “Esta es mi tierra” fueron extendiéndose por la Plaza del Cristo mientras el encuentro llegaba a su fin. Pero entre los innumerables acentos que habían resonado aquella mañana terminó imponiéndose una lengua mucho más antigua que cualquiera de ellos. La de quien abre la puerta antes de preguntar. La de quien tiende la mano antes de juzgar. La de quien descubre que el sufrimiento ajeno nunca le es completamente extraño.
Si hay un idioma que León XIV conoce bien, es el del corazón. Y esta mañana parecía que todos lo hablaban.
Misa en el puerto y regreso en el Falcon
Hasta la despedida pareció resistirse. Una incidencia técnica detectada en una de las alas del avión obligó a retrasar el despegue. El Rey Felipe VI puso el Falcon a su disposición. Lo hacía después de una multitudinaria misa en le puerto de Tenerife que ponía punto y final a la primera visita oficial a España del Pontífice.
Así fue la jornada
- Ana Rodríguez
- Eloísa Pérez/ACEI/Europa Press
- Eloísa Pérez/ACEI/Europa Press
- EFE/Miguel Barreto
- EFE/Ramón de la Rocha
- EFE/Ramón de la Rocha





