León XIV bendice la Torre de Jesús de la Sagrada Familia, «una catequesis de piedras, colores y luz»

León XIV bendice la Torre de Jesús de la Sagrada Familia, «una catequesis de piedras, colores y luz»

En el centenario de la muerte del genial arquitecto, la basílica de la Sagrada Familia —la iglesia católica más alta del mundo— ha vivido una jornada histórica presidida por León XIV, con la noche de Barcelona iluminada por el espactáculo de luz y música proyectado en el templo.

La Santa Misa solemne contó con la asistencia de S.M. los Reyes de España, el presidente del Gobierno y el presidente de la Generalitat, entre otras autoridades. Tras la cual tuvo lugar la bendición de la Torre de Jesucristo. 

Para culminar la tarde, hubo un hermoso espectáculo tecnológico de luz y color, que iluminó el cielo como homenaje a las cinco generaciones que han hecho realidad el templo.

Cien años después de que la ciudad despidiera a Antoni Gaudí, su obra cumbre ha alcanzado el cielo de Barcelona en su plenitud constructiva. El Santo Padre ha presidido esta tarde la Santa Misa solemne en la Basílica de la Sagrada Familia, un acto histórico que ha servido para bendecir e inaugurar de forma oficial la Torre de Jesucristo. Con la culminación de este gran cimborrio central de 172,5 metros de altura, el templo expiatorio ratifica su condición como la iglesia más alta del mundo, convirtiendo en realidad compartida el gran legado del arquitecto modernista, declarado Venerable por la Iglesia Católica.

El acto ha contado con una importante representación institucional, destacando la asistencia de S.M. los Reyes de España, el presidente del Gobierno y el presidente de la Generalitat, además de una nutrida delegación de autoridades civiles, eclesiásticas y militares. Ante un templo abarrotado, el Pontífice ha destacado la figura del venerable Gaudí quien “como arquitecto ardiente de fe, concibió estos espacios con el deseo de narrar los misterios de la vida del Señor: de este modo nos ha propuesto una peregrinación espiritual, que conduce al encuentro con Cristo nacido, muerto y resucitado por nosotros”.

Asimismo, el Papa ha expresado su agradecimiento a “todos los promotores y benefactores, a los artistas y a los trabajadores que cooperan en la construcción de una obra maestra arquitectónica, que es también una elocuente catequesis hecha de piedras, colores y luz. En su sabiduría, la Iglesia renueva así la Biblia pauperum [de los pobres] de las antiguas catedrales, que son en sí mismas mensajes de evangelización de gran riqueza. En este tiempo de la imagen, resulta aún más evidente cómo el arte y la belleza son eminentes canales de evangelización”.

Un inesperado momento emocionante

Antes de entrar en el templo, se ha vivido uno de los momentos más emotivos de la tarde. Valentina, una niña de 13 años con discapacidad visual, ha explicado al Papa León XIV la Torre de Jesús a través del tacto y de una maqueta accesible tridimensional. Este gesto impulsado por la ONCE ha dado visibilidad a la importancia de la accesibilidad en el mundo, también en la cultura.

Posteriormente, el Santo Padre ha visitado la cripta de la Sagrada Familia, donde ha rezado ante el Santísimo y ante la tumba de Antoni Gaudí. En 1992 se inició el proceso de beatificación del arquitecto; y, el 14 de abril de 2025, el papa Francisco lo declaró venerable.

La ceremonia, que dio inicio alrededor de las 20 horas, reunió a unas 4.000 personas en el interior de la basílica, mayoritariamente fieles católicos y demás ciudadanía congregada en torno a las comunidades parroquiales. Miles de peregrinos y ciudadanos siguieron también la retransmisión a través de pantallas gigantes instaladas en la calle de la Marina, frente a la emblemática Fachada del Nacimiento.

Una liturgia en un bosque de piedra

La Eucaristía celebrada en el imponente templo barcelonés, en el singular interior de columnas arborescentes que emulan la naturaleza, ha sido también una solemne acción de gracias al esfuerzo colectivo de las cinco generaciones de arquitectos, artesanos, obreros y donantes que, a lo largo de más de un siglo, recogieron el testigo del genial maestro.

Durante la homilía, León XIV ha subrayado la belleza del templo que “nos anima a aprender cada vez más de nuestro Maestro y Señor el arte de vivir según su Evangelio. Mientras alzamos la mirada hacia Él, el Crucificado Resucitado, comprometámonos a levantar el rostro de quienes yacen en el polvo. Y demostremos así que la Sagrada Familia es la iglesia más alta del mundo, no para destacar en clasificaciones mundanas, sino para guiar los pasos del pueblo de Dios que peregrina en esta tierra de Cataluña, con la cruz que ilumina el camino, como una lámpara encendida en la espera del regreso del Esposo. ¡Que Dios sea bendito por siempre!”

El punto más alto: la bendición de la Torre de Jesucristo

Tras la conclusión de la Santa Misa, el foco de la celebración se trasladó al exterior del recinto para el momento más esperado de la jornada: la bendición de la Torre de Jesucristo. El Santo Padre procedió a la inauguración del punto más elevado y simbólico del templo, completando así el esquema de las 18 torres ideadas por Gaudí para coronar sus tres fachadas monumentales (Nacimiento, Pasión y Gloria).

El broche de oro al acontecimiento lo puso un magnífico espectáculo tecnológico de luz y color diseñado especialmente para la ocasión, acompañado por la Escolanía de Montserrat. La proyección visual envolvió la Torre de Jesucristo y las estructuras adyacentes, dibujando sobre el firmamento de Barcelona un poema luminoso que conectó el mar y la montaña. El despliegue supuso un tributo estético a la visión naturalista y al cuidado del detalle de Gaudí, clausurando una jornada que ya forma parte de la historia de la arquitectura universal y de la Iglesia que peregrina en Barcelona.

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El Pontífice lleva la esperanza a la prisión de Brians 1

En un lugar donde el tiempo suele medirse entre rejas, condenas y ausencias, León XIV quiso hablar de futuro. El Papa visitó este miércoles la prisión de Brians 1 para encontrarse con cerca de ochenta internos y recordarles que ninguna historia está definitivamente escrita. Entre testimonios de sufrimiento, abrazos cargados de emoción y un mensaje constante de esperanza, el Pontífice defendió que “el pasado no condena el futuro” y que toda persona conserva intacta su dignidad.

Texto: María Acebal

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Fotografías: Dr. G. SIMON

«Ayúdame a caminar». La canción resonaba en el auditorio de Brians 1, mientras los internos esperaban la llegada del Papa. Es un canto habitual de los domingos, pero este miércoles sonaba distinto. Los pasillos habían sido acondicionados durante días para la ocasión, los internos habían preparado murales y varios regalos, y en el ambiente se mezclaban la ilusión, los nervios y una sensación poco frecuente en una prisión, lugar a menudo olvidada a los ojos del mundo: la de sentirse esperados.

León XIV ha llegado poco después de las diez de la mañana al centro penitenciario de Sant Esteve Sesrovires. Al comienzo de su visita, la primera de un Papa a una cárcel española, le aguardaban el presidente de la Generalitat, Salvador Illa; el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska; el director del centro y representantes de la pastoral penitenciaria de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat. Pero el protagonismo de la jornada no estaba en las autoridades, sino en los cerca de ochenta internos que participaban en uno de los actos de mayor contenido humano y social de toda la visita apostólica a Cataluña.

Durante veinte minutos, el Papa entró en contacto con una de las realidades más invisibles de la sociedad. Y lo hizo con un mensaje que marcó toda la visita: nadie queda excluido de la misericordia de Dios.

El primero en tomar la palabra ha sido el padre Jesús Bel, capellán del centro penitenciario. En nombre de la comunidad cristiana de Brians 1 y Brians 2 agradeció al Pontífice una presencia que, dijo, servía para recordar al mundo que quienes viven entre aquellos muros siguen existiendo. Habló del acompañamiento personal, de las catequesis de bautismo, comunión y confirmación, de la disponibilidad permanente para el sacramento de la reconciliación y de la búsqueda de una libertad que va más allá de la mera salida de prisión.

«Gracias por mirarnos con ojos de misericordia. Gracias por decirle al mundo que existimos», ha afirmado. Después llegaron los testimonios más conmovedores de la mañana.

La vida, y el camino de perderse y reencontrase

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Montse, una interna barcelonesa, ha confesado que durante mucho tiempo había intentado creer en Dios sin conseguirlo. La muerte de su hijo marcó profundamente su vida y durante años fue incapaz de comprender aquel sufrimiento. Fue precisamente en prisión donde, según relató entre lágrimas, recuperó la fe.

«He hecho mucho daño a mi familia», ha reconocido. «Ahora soy mejor persona gracias al don de la fe«.

La emoción terminó por quebrar su voz cuando habló de la esperanza de reencontrarse, ya en el Cielo, con su hijo. Apenas pudo concluir su intervención. León XIV se levantó entonces para abrazarla. Lo hizo una vez y después una segunda. El auditorio, sobrecogido, quedó en silencio.

Poco después tomó la palabra Josefina. También ella habló de heridas, de dudas y de un camino de reconstrucción. Recordó el accidente sufrido por su hijo, el momento en que su fe se tambaleó y cómo, pese a todo, nunca dejó de sentirse acompañada por Dios.

«Aquí en la prisión no estoy sola», aseguró. «Jesús me da fuerza y me da vida». Al terminar, recibió también el abrazo del Papa.

Autor: Dr. G. Simon

Aquellos gestos terminaron convirtiéndose en una de las imágenes más elocuentes de la visita. No hubo grandes discursos ni ceremonias solemnes. Solo historias de sufrimiento, búsqueda y reconciliación compartidas en un espacio donde la esperanza suele abrirse paso con dificultad.

Una llamada a la esperanza: alzad la mirada

Cuando llegó su turno, León XIV comenzó dirigiéndose a los presentes en catalán. Después desarrolló una reflexión centrada en la posibilidad de empezar de nuevo: «Los errores de la vida no determinan la identidad de una persona«.

Apoyándose en la experiencia de san Agustín y en el itinerario espiritual narrado en las Confesiones, recordó que el pasado no tiene la última palabra: «El pasado no condena el futuro, sino que nos ofrece la posibilidad de cambiar nuestras decisiones y elecciones». Una afirmación que fue escuchada con especial atención por quienes viven precisamente intentando reconstruir una vida marcada por decisiones equivocadas.

«¡Dios te ama como eres, pero te sueña mejor!«, añadió el pontífice, al insistir en que la identidad de una persona no puede reducirse a sus errores ni a su condena. Recordó que toda vida conserva una dignidad inviolable porque cada ser humano ha sido querido, creado y amado por Dios.

«No existe ninguna situación que haga al Señor apartar de nosotros su mirada», ha afirmado.

Ha sido un mensaje sobre la conversión, pero también sobre la esperanza. Una respuesta directa a la soledad, al sentimiento de inutilidad y al peso de la culpa que tantas veces acompañan la vida en prisión. Por eso animó a los internos a mantener la mirada alta cuando aparezcan el desánimo o la sensación de fracaso: «Cuando penséis que no vale la pena seguir adelante, alzad vuestra mirada«.

Y ha añadido una idea que resumía toda su intervención: ser cristiano no consiste en no equivocarse, sino en aprender a convertirse, arrepentirse, reconciliarse y perdonar.

Antes de despedirse, los internos entregaron al Pontífice varios regalos elaborados por ellos mismos: un cuadro, un libro y un plato decorado con una paloma de la paz. León XIV respondió con otro obsequio: una imagen de la Virgen, recordando que una madre nunca olvida a sus hijos.

Durante una mañana, en uno de los lugares más silenciosos y olvidados de Cataluña, el Papa quiso recordar a quienes viven privados de libertad que ninguna celda puede encerrar la posibilidad de comenzar de nuevo. Y que, incluso detrás de los muros, la esperanza sigue encontrando caminos para abrirse paso.

«Sed testigos creíbles de la esperanza cristiana»

En el corazón del Raval, donde conviven algunas de las mayores vulnerabilidades de Barcelona, un niño de seis años puso voz este miércoles a las preguntas que atraviesan la vida de miles de personas. «¿Por qué hay gente que vive en la calle? ¿Nadie los ve?». León XIV escuchó en silencio a Renzo antes de responderle durante un encuentro con las entidades de caridad y asistencia de la Archidiócesis celebrado en la iglesia de San Agustín, una cita en la que el Papa reivindicó una Iglesia capaz de permanecer junto a quienes sufren y de hacer visible el amor de Dios en las periferias humanas.

Texto: María Acebal

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La elección del lugar no era casual. San Agustín, una de las pocas iglesias barrocas que se conservan en Barcelona, está enclavada en pleno Raval y mantiene una estrecha vinculación con la acción social de la Iglesia. Además, el templo está confiado a la Orden de San Agustín, la misma familia religiosa a la que perteneció Robert Francis Prevost antes de ser elegido Papa. Allí, donde desde hace décadas confluyen iniciativas de atención a personas sin hogar, migrantes, víctimas de explotación o familias en situación de pobreza, León XIV encontró un escenario que conectaba directamente con una de las prioridades de su pontificado: poner a la persona en el centro.

El cardenal Juan José Omella fue el encargado de abrir el encuentro recordando que «la caridad de Cristo nos urge» a trabajar por la paz y por la defensa de la dignidad humana. Una dignidad que apareció una y otra vez a lo largo de la mañana en las distintas intervenciones.

La catedral de los pobres

«¿Por qué hay personas que viven en la calle? ¿Nadie los ve? ¿Nadie los ayuda?»

La pregunta llegó desde la voz de Renzo, un niño de seis años. En la iglesia de San Agustín, conocida desde hace décadas como la «catedral de los pobres» de Barcelona, el silencio se hizo por unos instantes entre trabajadores sociales, voluntarios, religiosas, personas acompañadas por distintos proyectos diocesanos y representantes de algunas de las realidades más vulnerables de la ciudad.

No era una pregunta preparada para un debate académico ni para una mesa de expertos. Era la mirada limpia de un niño intentando comprender el mundo. Y quizá por eso terminó convirtiéndose en el momento más significativo del encuentro que León XIV mantuvo este miércoles con las realidades de caridad y asistencia de la diócesis de Barcelona.

Cristina García, secretaria general de Cáritas Barcelona, puso cifras a esa labor silenciosa que rara vez ocupa titulares. Solo durante 2025, explicó, más de 63.000 personas fueron acompañadas por las Cáritas parroquiales y los proyectos diocesanos. Pero más allá de los números, reivindicó algo esencial: la confianza en la capacidad de las personas para recuperar el rumbo de sus vidas.

Después llegó la voz de quienes trabajan en las heridas más profundas de la sociedad. Xavier Agramunt, director de Obinso, dedicada a la integración de personas con problemas de adicciones, resumió años de acompañamiento en una frase que parecía condensar todo el espíritu del acto: «No se trata tanto de resolver vidas como de no apartarse de ellas».

Habló de un tiempo marcado por la soledad, el sufrimiento psíquico y la pérdida de sentido. Y dejó flotando una pregunta incómoda: cómo sostener la esperanza cuando el dolor parece más grande que nuestras fuerzas.

La misma lógica apareció en el testimonio de Encarna Jordán, de las religiosas adoratrices, comprometidas con la atención a mujeres víctimas de trata. Su representante habló de la necesidad de escuchar el clamor de quienes sufren y de mostrar el rostro compasivo de Dios allí donde la dignidad humana ha sido pisoteada.

El dolor no tiene la última palabra

Entonces apareció Renzo.

A través de un vídeo primero y de una carta leída después ante el Pontífice, el niño fue encadenando preguntas sobre el sufrimiento, la pobreza, la soledad de los ancianos, las preocupaciones de sus padres y el sentido del perdón.

«¿Por qué mi papá tiene tantos trabajos?»,¿Dios quiere que haya pobres y ricos?, ¿Hay que perdonar siempre?»-

León XIV abandonó entonces buena parte del texto preparado y respondió como quien conversa con un nieto. Contó que de joven jugaba al fútbol americano, habló de la importancia del deporte para la salud del cuerpo, de la mente y del alma, y confesó que nunca había pensado en ser Papa cuando era niño. Aunque, añadió: «Desde pequeño sí sentí el deseo de entregar mi vida a Dios«.

Pero las respuestas más profundas llegaron al abordar las preguntas difíciles. Sobre el sufrimiento recordó que Dios no abandona nunca a sus hijos y que la vida de Cristo muestra que el dolor no tiene la última palabra. Sobre el perdón insistió en que no significa justificar el mal ni olvidar lo ocurrido, sino impedir que el odio se adueñe del corazón: «Perdonar significa no dejar que el odio se convierta en dueño de nuestro corazón«.

A medida que respondía a Renzo, el Papa parecía estar respondiendo también a todas las personas reunidas en San Agustín: a quienes trabajan con personas sin hogar, a quienes acompañan procesos de desintoxicación, a quienes atienden víctimas de explotación o a quienes intentan aliviar la soledad de tantos ancianos.

Porque el mensaje de fondo fue siempre el mismo: hacer visible el amor de Dios allí donde la sociedad corre el riesgo de mirar hacia otro lado.

Antes de despedirse, León XIV animó a las organizaciones diocesanas a seguir siendo testigos creíbles de la esperanza cristiana. No solo mediante ayudas materiales, sino ofreciendo amistad, acompañamiento, escucha y sentido.

En el corazón del Raval, entre historias de fragilidad y resistencia, la mañana terminó como había comenzado: con preguntas. Pero quizá la principal respuesta no estuvo en ninguna de las palabras pronunciadas durante el acto, sino en el simple hecho de reunir bajo el mismo techo a quienes cada día intentan recordar que nadie está condenado a la indiferencia.

Cuando el encuentro terminaba, las preguntas de Renzo seguían resonando bajo las bóvedas de San Agustín. Preguntas sencillas, formuladas desde la inocencia de un niño, pero que en realidad condensaban muchas de las heridas del mundo contemporáneo. El Papa no ofreció soluciones mágicas. Habló de amistad con Jesús, de compasión, de esperanza y de perdón. Y quizá ese fue el mensaje que quiso dejar en el Raval: que el sufrimiento no desaparece por ignorarlo, pero puede transformarse cuando alguien decide acercarse y permanecer al lado de quien lo padece.

El peregrino León XIV regresa a la casa de la Moreneta: «Depongamos nuestras corazas para revestirnos únicamente con las armas de Dios»

La mera presencia del Santo Padre llegaba así al corazón de una peregrinación que ha tenido algo de regreso. Trece años después de su última visita a Montserrat –entonces como Robert Francis Prevost, hoy como León XIV–, este agustino volvía a encontrarse con la misma advocación de la Virgen a la que había aprendido a querer durante sus años de misión en Perú.

Texto: Julia Nieto Sánchez | Pablo Mariñoso de Juana

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Fotografías Texto: Pablo Mariñoso de Juana

La subida a Montserrat en el ‘tren cremallera’ vaticinaba el sursum corda del encuentro con León XIV. Sobre estos riscos escarpados queda escondida una antigua Abadía que a todos nos precede. A todos los que podemos imaginar, porque en la montaña de Montserrat habita la comunidad benedictina desde hace más de mil años. De forma ininterrumpida, estos hombres de vida monástica elevaban hoy sus corazones.

Mientras las pantallas proyectaban un vídeo sobre la historia de la Abadía, a las 11:34hs ha entrado el séquito de obispos y cardenales que acompaña al Papa en esta segunda parada de su itinerario español. La gente saludaba con la euforia de apretar la mano a un cardenal pero también con ese punto de indiferencia española: no sabían muy bien a quién saludaban. Con el Secretario de Estado, el cardenal Pietro Parolin, a la cabeza, también iba el arzobispo español Luis Marín de San Martín, recientemente nombrado Limosnero Pontificio, y con ellos avanzaban el obispo Paul Richard Gallagher y el presidente de la Conferencia Episcopal Española, Luis Argüello, que se ha unido a la compañía oficial del Papa durante toda la semana.

Pocos metros detrás de las eminencias y monseñores caminaba la caballería de esta tierra, que ha venido a uniformarse de rojo y negro bajo el nombre de Mossos d’Esquadra. Y aún un poco más atrás, sobre las 11:41hs llegaba entre aplausos el cardenal Juan José Omella, que esta mañana no ha sido anfitrión. Jordi, un universitario de la Pompeu Fabra, gritaba un «Viva el Papa» y otro «Viva la Virgen» a pleno pulmón. El coro de la muchedumbre improvisaba a continuación Virolai, ante los nervios de la inminente llegada del León XIV. Las hélices de su helicóptero enmudecían ante este himno mariano, popular en Cataluña para venerar a la Moreneta.

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No era Omella, por tanto, quien estaba esperando al Santo Padre. La Abadía de Montserrat se encuentra geográficamente en la diócesis de Sant Feliu de Llobregat y por eso ha acudido a su encuentro el obispo Xabier Gómez, junto al abad de la comunidad, el benedictino Manuel Gasch i Hurios. «Que todo el que llegue como visitante se vaya como peregrino», decía entonces el padre Gasch en su bienvenida. Nada es casualidad: para los monjes benedictinos la hospitalidad es un deber sagrado. Y entre los muros de esta comunidad monástica ya había ganas de ejercitar esta virtud. Si España entera lleva esperando quince años la visita del pontífice, en Montserrat han aguantado pacientemente desde 1982, cuando el Papa Juan Pablo II, en su primer Viaje Apostólico a España, peregrinó a la Abadía.

En este salto de pontífices, este tender un puente entre los sucesores de Pedro, hoy ha sido León quien ha renovado su entusiasmo por este «faro de la cultura cristiana de Occidente». En la abadía que lleva un milenio enseñando a generaciones enteras a levantar la mirada hacia Dios, León XIV se unía al rezo del Santo Rosario con los fieles. Como Pedro hacía con los primeros discípulos que, tras la Ascensión del Señor, permanecían unidos en oración junto a María; hoy, unidos a su sucesor, también la Iglesia se ha reunido a orar en torno a la Madre.

La mera presencia del Santo Padre llegaba así al corazón de una peregrinación que ha tenido algo de regreso. Trece años después de su última visita a Montserrat –entonces como Robert Francis Prevost, hoy como León XIV–, este agustino volvía a encontrarse con la misma advocación de la Virgen a la que había aprendido a querer durante sus años de misión en Perú. Y ante la Virgen que ya había rezado mucho antes de imaginar que un día sería el sucesor de Pedro. León ha regresado como peregrino, pero también como pastor de la Iglesia universal. Y, sin embargo, la escena conservaba algo profundamente sencillo: la de un hijo que volvía a ponerse bajo la mirada de su Madre.

A las 12:05hs el pequeño papamóvil pasaba el arco del patio exterior de la Abadía y comenzaba su recorrido entre los fieles. Cada quince segundos, por orden de la Gendarmería Vaticana –o por mandato de tantas madres emocionadas– paraba el Papamóvil y monseñor Edgard Rimaycuna, secretario personal del Papa, bromeaba con Fabrizio, conductor del vehículo. En efecto, a uno y otro lado del banco Papamóvil el Santo Padre quedaba sorprendido por la cantidad de bebés y niños que reclamaban de alguna forma, con su presencia flotante, la bendición.

En esta peregrinación, León XIV cierra además otro círculo de la historia, otro salto pontificio: gracias al fervor de los fieles catalanes, en 1881 el Papa León XIII declaró a la Virgen de Montserrat Patrona de todas las diócesis catalanas, concediendo además su coronación canónica. Y, todavía más, la visita de León XIV coincide providencialmente con la conmemoración de esos mil años de vida monástica en la montaña. La fundación de la Abadía se remonta al año 1025, cuando el Abad Oliba, obispo de Vic y abad del Monasterio de Santa María de Ripoll, envió a un grupo de benedictinos a fundar el monasterio en Montserrat.

Tras la bienvenida oficial, a las 12:23hs comenzaba el rezo del Santo Rosario. Uno de los monjes benedictinos, con su discreto rosario entre las manos, comenzaba con los misterios gloriosos. Y misterio tras misterio, la asamblea, encabezada por el Santo Padre, fue recorriendo la vida de Jesús a través de aquellos acontecimientos que la Virgen contempló de cerca. León XIV, silencioso y recogido, hacía entonces como María en el Evangelio: conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.

Pasadas las 12:50hs, y terminado ya el Santo Rosario, León XIV ha saludado a todos los presentes con un mensaje de agradecimiento y una petición a su Madre: «Estoy contento de poder venir a los pies de la Moreneta para encomendarle, lleno de confianza en su intercesión maternal, mi servicio petrino y la misión de la Iglesia en el mundo que clama pidiendo justicia y paz. La Moreneta siempre me ha acompañado».

Acordándose de San Ignacio de Loyola, «que en este sugestivo lugar, después de una noche en oración ante la Virgen, entregó sus armas de caballero, momento que marcó el inicio de una vida nueva al servicio de Jesucristo», León XIV ha pedido a todos los peregrinos reunidos junto a la comunidad monástica que se transformen las armas: «Depongamos hoy a sus pies las corazas que han endurecido poco a poco el corazón». A lo que ha añadido: «Alcemos la mirada a María y supliquémosle que nos ayude a revestirnos únicamente con las armas de Dios».

En su intervención, el Santo Padre ha ahondado en el mensaje de paz que lleva caracterizando su año entero de pontificado, y que barniza de alguna forma todas sus palabras en este Viaje Apostólico a España: «Consideremos también cómo la Virgen, en su mano derecha, sostiene la esfera del mundo, signo de su cuidado materno, porque el mundo entero tiene cabida en su corazón. Ella nos invita a reconocernos hermanos y hermanas, donde nadie quede excluido y donde la comunión sea más fuerte que toda división».

En esa misma línea, desde esa confianza filial, el Papa ha invitado a los presentes a volver la mirada hacia las palabras que María pronunció en Caná: «Haced lo que Él os diga». Una llamada que conduce siempre hacia Cristo. Porque el Niño que María sostiene en sus brazos «no lleva armaduras» y será Él quien salve al mundo con «la fuerza desarmada y desarmante del amor».

Pablo Mariñosode Juana

Con el aplauso de los pocos miles de peregrinos reunidos frente al atrio de la Abadía, la Escolanía de Montserrat ha entonado dos himnos marianos: la Salve Regina «d’ecos», del padre Cererols, y el tradicional Virolai de Jacint Verdaguer y Josep Rodoreda. Si antes sonaba con jolgorio por el improvisado canto de los peregrinos, ahora eran las voces blancas de los escolanos las que impregnaban el ambiente de recogimiento. Silencio entre estos riscos, emoción contenida en los rostros. León XIV entonces subía la escalera para acercarse a verenar la Imagen de la Moreneta. Un grito compartido en el exterior de la Abadía: «¡Visca la Moreneta!».

Como colofón de la visita, que ha sido más bien la peregrinación de un hijo, León XIV se ha asomado a un balcón engalanado de flores. Aprovechándose de su género literario favorito, que no es la encíclica ni la homilía sino la improvisación, el Santo Padre ha encendido el ánimo de los fieles: «Gracias por estar aquí. ¡Gracias por esta hermosa manifestación de fe! Aquí estamos todos unidos, en una sola familia, acogidos bajo nuestra madre de Montserrat». Con su media sonrisa, León XIV ha continuado: «La alegría, el entusiasmo y el profundo sentido de fe que estamos viviendo en estos días, primero en Madrid, ahora en Cataluña y próximamente en las Islas Canarias, refleja ese deseo de alabar a Dios y de dar gracias a Dios».

Y en esta acción de gracias suya, ante la explosión de emoción de niños, familias y mayores, el Santo Padre ha rematado: «Gracias a la comunidad de los monjes, que reciben a todos los peregrinos que vienen a rezar a Nuestra Señora. Y gracias a cada uno de vosotros, que estáis aquí está mañana para recordar a todos en Cataluña, España y el mundo, que la fe da vida, que la fe da esperanza. ¡Gracias!». Con la alegría de ida y vuelta de volver a casa algunos años después, y con la ilusión por recibir al Pontífice, el encuentro de León XIV en la Abadía de Montserrat se ha sellado con una ráfaga de saludos y aplausos que evidenciaban, una vez más, la poderosa certeza de este Viaje Apostólico: en España León XIV está en casa.

Así fue la jornada