Congreso, víctimas, ofrenda a la Almudena y encuentro en el Bernabéu (3ª jornada viaje del Papa)

Congreso, víctimas, ofrenda a la Almudena y encuentro en el Bernabéu (3ª jornada viaje del Papa)

El Papa León XIV vivía este lunes su tercera jornada en España, como las anteriores, muy intensa con cuatro ejes, además de reuniones privadas y su presencia en la Conferencia Episcopal junto a los Obispos españoles.

El discurso en el Congreso, en 10 frases

Ha sido una de esas intervenciones que rehúyen el titular fácil y prefieren dejar poso. Y precisamente por eso, en el recorrido de un discurso extenso y meditado, han quedado algunas frases que van a perdurar más allá de la sesión. Estas son diez de ellas.

A las 10:30 de la mañana, en el hemiciclo del Congreso de los Diputados, el Papa se ha dirigido a los representantes de las instituciones del Estado. Su intervención, de tono reflexivo y sostenido, más pendiente de los fundamentos que de la urgencia del momento, ha concluido con una ovación de siete minutos, la más larga que se recuerda en la historia reciente de la Cámara.

Entre referencias a la historia, al derecho y a los desafíos de nuestro tiempo, el paso del Pontífice por el Congreso ha introducido una pausa poco habitual en la vida parlamentaria. La luz caía desde lo alto del hemiciclo -como él mismo ha señalado durante su discurso- y el silencio adquiría por momentos una densidad especial, como si la Cámara aguardara algo más que una intervención institucional.

No ha sido un discurso concebido para la ovación inmediata. Avanzaba despacio, apoyado en la memoria, en las referencias históricas y en una reflexión constante sobre las raíces de la convivencia democrática. Sin embargo, terminó provocándola. Al concluir, los diputados se pusieron en pie y el aplauso se prolongó durante siete minutos.

Fue una de esas intervenciones que rehúyen el titular fácil y prefieren dejar poso. Y precisamente por eso, en el recorrido de un discurso extenso y meditado, han quedado algunas frases que van a perdurar más allá de la sesión. Estas son diez de ellas:

1.- De las diferencias a decisiones compartidas

“Aquí las diferencias se escuchan, se ordenan y, cuando es posible, se convierten en decisión compartida. Por eso, más allá de la legítima diversidad de posiciones, toda tarea legislativa acaba encontrándose con una pregunta decisiva: qué concepción de la persona humana inspira las leyes y qué tipo de sociedad construye esas leyes”

2.- La Historia de España es la de los encuentros fecundos entre fe y razón

“España posee una memoria particularmente rica. Su identidad geográfica y política se ha ido entretejiendo con una historia en la que la fe y la razón, el arte y el derecho, la tradición y el pensamiento han sabido encontrarse fecundamente. En sus catedrales y universidades, en su literatura inmortal, en sus instituciones jurídicas y en el ánimo mismo de su pueblo, permanece viva una herencia que ha dado forma a un modo de vivir la libertad, practicar la justicia y ordenar la vida común”

3.- El ser humano: criatura abierta a la verdad

“España ha sabido mirar al ser humano como algo más que una pieza del orden social, económico o político: lo ha reconocido como criatura abierta a la verdad, dotada de libertad y movida por una sed de eternidad que ninguna realidad temporal logra extinguir”

4.- Una de las grandes herencias de España: unir la acción histórica con la lucidez de la razón moral

“Una de las grandes herencias de España: haber unido la acción histórica con la lucidez de la razón moral. Aquella contribución, nacida a orillas del Tormes, trascendió las aulas y las bibliotecas, y llegó a formar parte de una conciencia más amplia, compartida por la comunidad internacional que sigue preguntándose cómo construir la paz sobre el reconocimiento de la persona y no sobre la imposición de la fuerza. (…) Ese legado vive también en estas Cortes, cada vez que el legislador se pregunta cómo hacer que lo posible sea justo, que lo legal sea verdaderamente humano y que la voluntad de la mayoría custodie aquellos bienes que pertenecen a todos y respete aquello que ninguna mayoría puede legítimamente vulnerar”

5.- La defensa de la vida, meta de civilización

“Si la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental, ¿qué futuro pueden tener nuestras sociedades? ¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás? La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización”

6.- La dignidad de la persona como termómetro de la grandeza de las leyes

“Una ley no alcanza su verdadera grandeza por el mero hecho de haber sido formalmente aprobada; la alcanza cuando, además de ser válida en su forma, puede comparecer ante la dignidad de la persona y salir de ese examen sin avergonzarse”

7.- Invitación a una renovación moral

“La altura de miras consiste precisamente en mirar con más hondura aquello que está en juego en cada decisión pública. Por eso, junto a las respuestas técnicas y las reformas legales, hace falta también una renovación moral”

8.- Educación de la conciencia 

“Reconocer que la libertad moderna ha sido preparada también por una larga educación de la conciencia, profundamente marcada por la tradición cristiana”

9.- Toda decisión de las autoridades toca personas de carne y hueso

“Les invito a alzar, pues, la mirada: no para alejarse de la realidad, sino para recordar que toda decisión de las autoridades públicas toca personas de carne y hueso, especialmente a quienes tienen menos fuerza para hacerse oír. Porque la altura de miras consiste precisamente en mirar con más hondura aquello que está en juego en cada decisión pública. Por eso, junto a las respuestas técnicas y las reformas legales, hace falta también una renovación moral”

10.- No perder la memoria de las raíces y mantener la audacia de mirar al futuro

“Que esta noble nación jamás pierda la memoria de sus raíces ni la audacia de mirar al futuro. Que España continúe siendo tierra de encuentro, de cultura, de solidaridad y de esperanza. Y que su vida pública sepa unir siempre la firmeza de las convicciones con la nobleza del diálogo y la grandeza del servicio”

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Escucha, reparación y compromiso: la hoja de ruta para los Obispos

Sesenta años después de la creación de la Conferencia Episcopal Española, otro sucesor de Pedro cruzaba las puertas de esta casa para compartir una jornada de encuentro con quienes tienen encomendada la misión de pastorear la Iglesia de Cristo en España.

La Conferencia Episcopal Española (CEE) conmemora 60 años de vida “sabiéndose miembros del Colegio de los Doce” y contando en su cenáculo con la presencia de su cabeza, el sucesor de Pedro, León XIV.En un ambiente protocolario, pero sumamente acogedor, el Santo Padre llegó a esta “casa de todas las Iglesias de España” con el ánimo de, en sus palabras, “reavivar la comunión tal y como Jesús aconsejaba a sus apóstoles”. En la puerta de su sede, el presidente de la CEE, monseñor Luis Javier Argüello García, esperaba a su Santidad León XIV junto al cardenal vicepresidente, José Cobo; y el secretario general, monseñor César García Magán. Tras ello se dirigió a la sala de la Asamblea donde le esperaban arzobispos, obispos y administradores diocesanos de las distintas diócesis españolas.

Sesenta años después de la creación de la Conferencia Episcopal Española, otro sucesor de Pedro cruzaba las puertas de esta casa para compartir una jornada de encuentro con quienes tienen encomendada la misión de pastorear la Iglesia de Cristo en España. Fue san Juan Pablo II quien inauguró esta sede durante el primero de los cinco viajes apostólicos que realizó al país. Hoy, también en su primer viaje apostólico a España, León XIV volvía a situarse en ese mismo punto de partida, cerrando un círculo que une generaciones de pastores, caminos recorridos y una misma misión compartida.

“Como un viaje” decidió marcar León XIV también su discurso a los obispos de España. No habló de estrategias ni programas, sino de un peregrinar cuyo destino no es otro que Dios. Como todo peregrino, la Iglesia también debe preguntarse qué lleva consigo y qué necesita dejar atrás. El Papa habló de equipajes que pesan demasiado, de estructuras que en ocasiones ya no ayudan a avanzar y de “la tentación de obsesionarnos con lo que dejamos, los lugares, las cosas, las formas, sin abrirnos, en docilidad al Espíritu, a la novedad de lo que encontramos”.

Pero en esta misma línea habló también de los tesoros que debe llevar la Iglesia en este viaje: la riqueza espiritual acumulada durante siglos, la fe sencilla del pueblo cristiano y el único alimento imprescindible del camino, “el Pan de la Palabra y de la Eucaristía”.

¿Para quién soy?: acompañar en el discernimiento de los carismas del Espíritu en los laicos

La reflexión sobre los laicos llegó además en un momento especialmente significativo para la vida de la Iglesia. Apenas unos días después del nombramiento de María Montserrat Alvarado al frente del Dicasterio para la Comunicación, León XIV dirigió la mirada hacia uno de los grandes retos de los pastores: ayudar a cada bautizado a descubrir la llamada que Dios ha sembrado en su vida. Recordando el reciente congreso de la CEE “¿Para quién soy?”, invitó a los obispos a acompañar a los fieles en ese discernimiento que permite reconocer los dones y carismas recibidos del Espíritu Santo y ponerlos al servicio de la comunidad.

“De nosotros depende que estos laicos lleguen a percibir su participación en este servicio eclesial como una llamada que Dios les hace”, afirmó. No se trataba únicamente de encontrar colaboradores para las tareas pastorales, sino de ayudar a hombres y mujeres a descubrir que ellos también forman parte de la misión de la Iglesia y que el Espíritu sigue suscitando carismas para la construcción del Reino:

“Ese vínculo profundo exige a la Iglesia, en este tiempo de polarizaciones y contraposiciones cada vez más duras, un testimonio de unidad en la pluralidad: una comunión capaz de acoger la riqueza de los dones, de los carismas, de las sensibilidades que el Espíritu Santo suscita en el Pueblo de Dios”.

Sanar heridas y acompañar al pueblo

Ningún viaje evita los lugares de dolor. Y León XIV quiso detenerse precisamente allí. “Nuestro viaje está hecho de encuentros”, dijo. Encuentros con personas que “viven momentos de oscuridad, y nos reclaman que nos hagamos para ellos samaritanos”.

Con especial firmeza, el Pontífice abordó la realidad de quienes han sido heridos por “quienes debían cuidarlos, incluso por miembros del clero”. Sus palabras se acompañaron de una llamada clara: “ante esta plaga, la comunidad eclesial está llamada a responder con la escucha, la verdad, la justicia, la reparación y un compromiso cada vez más decidido en la prevención y la cultura del cuidado”.

No fue una referencia de paso. Fue una llamada directa a los pastores a situarse junto a quienes han sufrido, a escuchar su dolor y a abrir caminos reales de sanación. Porque, recordó el Santo Padre, cada persona herida “debe poder encontrar” en la Iglesia “escucha sincera, acogida, protección y caminos reales de sanación”.

En medio de un mundo marcado por polarizaciones y fracturas cada vez más profundas, León XIV volvió una y otra vez sobre la misma convicción: la comunión es una tarea cotidiana. Por eso pidió a los obispos que sean constructores de unidad, hombres capaces de custodiar la fe recibida, sanar heridas y acompañar al pueblo que les ha sido confiado.

“Esos simples sacerdotes”

En el tramo final de su intervención, el Papa dirigió la mirada hacia quienes caminan más cerca de los obispos: los sacerdotes. Recordando la figura de san Juan de Ávila, en el año en que se conmemora el quinto centenario de su ordenación presbiteral, pidió que encuentren en sus obispos no solo una autoridad, sino un padre. Y que juntos recorran la misión como compañeros de peregrinación, compartiendo las fatigas y las alegrías del camino.

La oración de este gran santo español con la que León XIV concluyó su intervención fue también el broche de este particular periplo espiritual. Después de invitar a los obispos a caminar ligeros de equipaje, atentos a las heridas de los hermanos y abiertos a la acción del Espíritu, el encuentro continuó ya lejos de los micrófonos.

El Santo Padre firmó el libro de honor de la Conferencia Episcopal Española y saludó personalmente a los miembros del episcopado presentes en la Asamblea. Los mismos pastores a quienes acababa de recordar que están llamados a “custodiar la unidad, favorecer el diálogo, sanar las fracturas y acompañar el camino del pueblo” se acercaron ahora, uno a uno, para intercambiar unas palabras con el sucesor de Pedro.

Mientras los obispos partían hacia la Nunciatura Apostólica para compartir el almuerzo con el Pontífice, monseñor Luis Javier Argüello, el cardenal José Cobo y monseñor César García Magán le acompañaron a descubrir la placa conmemorativa de la visita. Un gesto que enlazaba esta jornada con la historia de una institución que celebra seis décadas de vida.

Antes de abandonar la sede, León XIV quiso encontrarse también con los trabajadores de la Conferencia Episcopal Española. Fueron los últimos en saludar al Papa en esta Casa de la Iglesia que, durante unas horas, había vuelto a convertirse en cenáculo de encuentro, escucha y comunión.

Sesenta años después de que otro sucesor de Pedro inaugurara estas mismas instalaciones, León XIV regresaba a ellas para recordar que la Iglesia no está llamada a permanecer detenida, sino a ponerse en camino. Un camino que atraviesa encuentros, heridas, carismas, desafíos y esperanzas; un camino que exige avanzar unidos y dejarse guiar por el Espíritu. Un camino que, como recordó el Santo Padre a los obispos españoles, termina siempre en Dios.

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El instante suspendido de Madrid

Como ha dicho el Papa hoy, «hay muros que aíslan y mantienen a salvo, pero también imponen distancia». La frase, casi un susurro que rompe inercias, ha encontrado eco esta tarde en el homenaje a la Virgen de la Almudena: un gesto breve, pero cargado de sentido, donde más que mirar atrás, parecía que -por un instante- se abría el horizonte.

Texto: Almudena Lago

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Fotografias: A. Pérez Meca (Europa Press)

A las seis de la tarde, Madrid se pone en suspenso. La luz ya no cae: se inclina.
El ruido se repliega, se vuelve más bajo, más humano. A esa hora -tan poco solemne y tan profundamente madrileña- el Papa León XIV ha cruzado el umbral de la Catedral de Santa María de la Almudena.

​La escena parecía calcada de un documento oficial. Como si alguien hubiese dejado sobre la mesa, con la precisión de la burocracia, un encabezado invisible: Oficina de Prensa de la Santa Sede. Madrid, 8 de junio de 2026, 18:00. Oración y homenaje a la Virgen de la Almudena. Texto oficial. Pero la vida, ahí dentro, esquivó el embargo. Lo que iba a ocurrir desbordaba cualquier papel.

​El Pontífice ha entrado despacio, acompañado por el arzobispo de Madrid, el cabildo catedral y un grupo de seminaristas que observaban en silencio, con la certeza de quien asiste a un instante histórico. Era un encuentro íntimo: oración y ofrenda floral, sin multitudes ni estridencias. Entre los bancos, autoridades civiles como la Reina Sofía, la presidenta Isabel Díaz Ayuso y el alcalde José Luis Martínez-Almeida presenciaban una combinación única en el corazón de la capital: la patrona de Madrid y el Sucesor de Pedro. Una fórmula con la fuerza suficiente para dinamitar más de un muro invisible en la ciudad.

La Virgen esperaba en su camarín: pequeña, morena, cercana y dueña de esa elegancia sobria que jamás necesita imponerse.

​El Papa caminaba con el peso de lo que representa y, a la vez, con la ligereza de quien sabe a quién viene a ver. Dentro, la Almudena ofrecía su conocida mezcla de modernidad y devoción. La Virgen esperaba en su camarín: pequeña, morena, cercana y dueña de esa elegancia sobria que jamás necesita imponerse.
​Subir al camarín fue adoptar otro ritmo. Primero, el ramo -blanco, callado-. Después, la inclinación. Y entonces, el silencio. Un silencio lleno.

​Fue ahí donde resonaron, suspendidas en el aire, las palabras del saludo oficial del Santo Padre: el agradecimiento al arzobispo, el «a todos vosotros, hermanos y hermanas», la invocación a la Madre y Protectora, y ese gesto que sólo cobra sentido al encarnarse: poner a sus pies la Rosa de Oro, símbolo del filial amor del Papa a la Virgen María.

​El Papa rezó. En su oración se recogía la memoria de generaciones de madrileños; la misma tradición que él evocaba al recordar cómo escondieron la imagen en la muralla para protegerla en tiempos difíciles, hasta que un derrumbe inesperado la devolvió a su pueblo. Una muralla que cae trae ruido, sí, pero también apertura. Como dictaba el propio mensaje papal: hay muros que aíslan y mantienen a salvo, pero también imponen distancia. A veces, para volver a mirar al horizonte, hay que dejarlos caer.

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​Entonces llegó la Rosa. No como sorpresa, sino como cumplimiento del rito. La Rosa de Oro -antigua, escasa, cargada de siglos- apareció en las manos del Papa como una entrega, nunca como una exhibición. En España, sólo tres imágenes la poseían hasta hoy: la Virgen de la Cabeza en Jaén, Montserrat en Cataluña y la Macarena en Sevilla. Con la Almudena, ya son cuatro.

​El Papa sostuvo la joya unos segundos y la depositó a los pies de la Virgen. Sin palabras. Todo estaba ya dicho. Después, alzó la mirada y bendijo. Entre los ecos litúrgicos flotaba la invocación final: Santa María de la Almudena, Virgen y Madre del Redentor, Reina del Cielo, Madre de Amor…

Fuera, Madrid seguía siendo Madrid: el comentario breve, el gesto de hombros, la ironía suave que no hiere. Pero dentro algo se había movido. El Papa había venido a señalar y a confiar; a dejar en manos de la Virgen lo que no se puede controlar desde los despachos: una ciudad, su historia, su manera de estar en el mundo.

​A las seis de la tarde ocurrió algo sencillo. Un hombre llegó desde Roma -como un hijo que regresa a casa-, subió a un camarín, rezó en silencio y entregó una rosa que atraviesa los siglos. Y Madrid, que siempre mira de reojo, esta vez miró de frente. Quizá porque, en uno de los últimos gestos de este viaje, el Papa no sólo dejó una flor, sino una certeza: la de poner la ciudad en manos de su Patrona. Nos invitó, como quien sabe que no camina solo, a alzar la mirada. Madrid seguirá siendo Madrid, pero tal vez ahora apuntemos un poco más alto.

León XIV se suma a la fiesta sinfónica del Bernabéu: «La Iglesia de Madrid ha marcado un golazo para siempre»

¿Qué es una diócesis? ¿Quiénes forman la Iglesia diocesana? Son las típicas preguntas que uno nunca se plantea porque en el fondo nadie lo tiene del todo claro. La diócesis es, quizás por falta de costumbre, una de esas cosas que somos únicamente capaces de reconocer cuando las vemos. Pues ese trozo de la Iglesia universal –que eso significa católica– que peregrina en Madrid, sin saber muy bien junto a quién, se ha concentrado durante la tarde del lunes en el estadio Santiago Bernabéu.

Texto: Pablo Mariñoso de Juana

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Fotografías: Marcos Nogales / Carlos de la Calle / Gabriel González Andrío

¿Qué es una diócesis? ¿Quiénes forman la Iglesia diocesana? Son las típicas preguntas que uno nunca se plantea porque en el fondo nadie lo tiene del todo claro. La diócesis es, quizás por falta de costumbre, una de esas cosas que somos únicamente capaces de reconocer cuando las vemos. Pues ese trozo de la Iglesia universal –que eso significa católica– que peregrina en Madrid, sin saber muy bien junto a quién, se ha concentrado durante la tarde del lunes en el estadio Santiago Bernabéu.

Una fiesta para todos

El coso madridista y madrileño, protagonista de infinitas noches de historia, de grandes éxitos y victorias, preparaba horas antes de la llegada del Santo Padre una alineación multitudinaria. Muchas familias. Han sido ellas, las abundantísimas familias de las diócesis de Madrid, Alcalá y Getafe, el engranaje principal de la alineación de hoy. Familias en todos los sectores, en las gradas y en el césped. Familias, que son básicas para la sociedad. Familias, como «realidad humana primera y fundamento natural de la comunidad». Familias, tal y como recordaba León XIV en su discurso ante las Cortes Generales, que son siempre «la primera escuela de humanidad en la que se aprende, antes que en cualquier otro lugar, la gramática elemental de la convivencia: recibir la vida, cuidar al otro, perdonar, servir y pertenecer».

A eso de las 15:00hs los alrededores del Santiago Bernabéu aventuraban con precisión qué esperaría a los presentes dentro del estadio. «Una fiesta de la diocesaneidad», dijeron hace semanas los organizadores. Y de nuevo, sin entender muy bien a qué se referían entonces, los más de 70.000 peregrinos madrileños hemos comprobado desde nuestro sitio que sólo bastaba con esperar y venir. La definición de los organizadores es precisa y preciosa. ¡Qué fiesta dentro del Bernabéu! ¡Qué familia de familias esta diócesis!

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Fotografía: Gabriel González Andrío

Viendo tanta riqueza, ha sido inevitable pensar en aquella frase que otro León, el famoso Tolstói, pronunció sobre la Iglesia madrileña: «Todas las familias felices se parecen». Algunos con alzacuellos, otros engalanados con tal camiseta de la parroquia, consagradas y monjas, padres de familia y tantas otras realidades, hoy la diócesis quedaba unida por una misma sonrisa. En el Santiago Bernabéu todos parecíamos un sólo corazón por la alegría de los rostros. A la izquierda del escenario estaba sentada la familia sacerdotal, con más de un centenar de sacerdotes madrileños. El padre Tomás ha venido desde Roma para encontrarse con el Papa en su diócesis: «Tener al Santo Padre en casa es impresionante». Un poco más arriba, repartida por las gradas, la familia religiosa de la archidiócesis. Desde la tarima del estadio podían distinguirse hábitos de todo color.

La Iglesia en Madrid, una familia de familias

La ambientación del preacto ha arrancado a las 16:30hs con máxima puntualidad. Era DJ Pulpo quien marcaba el ánimo de las gradas al ritmo de éxitos de la música pop como ‘Danza kuduro’ o ‘Madre tierra’ de Chayanne. Hasta llegar al tema más repetido de esta semana: ‘Alzo la mirada’. Incluso uno podría apostar que el Santo Padre se acuesta cada noche canturreando la melodía que ha impregnado cada evento de su Viaje Apostólico. El ambiente festivo ha estallado en un júbilo compartido por los peregrinos de tosas las edades.

Pasadas las 17:16hs de la tarde retiraban del escenario la mesa del DJ y afinaban sus cuerdas los músicos de la orquesta, preparados para el encuentro desde hacía horas antes. Han sido semanas de ensayos interminables. Aplausos del público, saludos entre familias y violines preparados quedaban así fundidos en una misma expectación. Así, el padre Toño Casado ha irrumpido en el escenario para dar entrada al coro, a la gran orquesta y a un numeroso grupo de jóvenes bailarines, que han inundando el Bernabéu con sus vestimentas blancas y amarillas. Y pocos minutos después de las 17:20hs, aparecían Christian Gálvez y Patricia Pardo, presentadores del evento, para dar alguna pista sobre la composición de los 70.000 peregrinos.

«¿Dónde están los catequistas?», han preguntado. Y miles de fieles se levantaban festivos. «¿Dónde están las monjas?». Y en la esquina derecha del estadio coreaban alegres decenas de carmelitas, al tiempo que saltaban en júbilo una pequeña representación de las Iesu communio. «¿Y dónde está los sacerdotes?». Una marea de aplausos se ha sucedido hacia la derecha del escenario. «¿Y los abuelos y abuelas de la diócesis? ¿Y los niños? ¿Y dónde están los papás y las mamás?». La alineación titular parecía completa para el evento, y la diócesis ha presentado así a sus mejores jugadores: todos nosotros.

Gabriel González Andrío

Fotografía: Gabriel González Andrío

A las 18:00hs, después de la actuación infantil de Valiván –infantil por la alegría que ha generado entre los más pequeños–, todas las miradas se han dirigido a Íñigo Quintero, que refugiado tras su teclado rojo ha conseguido levantar un ánimo que iba por dentro. Quintero, cuyos éxitos son conocidos por millones y millones de jóvenes en todo el mundo, ha puesto con su música palabras a una certeza: Dios estaba entre estas cuatro. Tras su actuación, a las 18:08hs, las pantallas conectaban en directo con la catedral de la Almudena, donde León XIV ofrecía la Rosa de oro a la patrona de Madrid. La emoción ha sido máxima cuando los 70.000 fieles del Bernabéu se han unido al canto del himno de la Almudena. Madrid en pie ante su madre.

La entrada de León XIV arrebata al Bernabéu

Uno de los momentos más especiales ha llegado sobre las 18:30hs: el Cristo de Medinaceli y la talla de la Virgen de la Almudena parecían moverse en las postrimerías del estadio mientras ‘La voz del desierto’, grupo musical formado por sacerdotes de Alcalá de Henares, entonaba uno de sus éxitos. Al ritmo de los tambores y timbales de la Semana Santa madrileña se han encontrado este Cristo revestido de Majestad y la talla de la Madre de todos los madrileños. Máxima expectación ante la venida inminente del Papa, en un revoloteo general. El humorista Santi Rodríguez ponía una última nota de humor mientras los nervios se apoderaban del coso madrileño. ¿Seríamos capaces de ver a León XIV de cerca?

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Fotografía: Marcos Nogales

La entrada de León XIV quedará para el recuerdo de las grandes entradas pontificias. Si Juan Pablo II arrebató este mismo estadio hace décadas, hoy el Santo Padre no se ha quedado atrás: en un carrito de golf fabricado para la ocasión ha recorrido los seis hexágonos de la tarima. De fondo, con su voz quebrada de emoción, cantaban Ozores y Luispo, sacerdotes de Madrid y Getafe, su tema ‘Petrus’, que  compusieron conjuntamente el año pasado durante las semanas que Francisco agonizaba en un hospital. Este himno petrino ha resonado con fuerza en el Bernabéu, que rugía ante la llegada de León XIV.

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Fotografía: Marcos Nogales

El estallido ha sido brutal a su llegada. Mirando a uno y otro lado, alzando la mirada, se podía comprobar con facilidad que la emoción estaba a flor de piel. Gritos, aplausos y música, a todo volumen, para expresar el amor que Madrid tiene por su Padre. Por su Santo Padre. Si el aplauso en el Congreso de los Diputados se ha alargado hasta siete minutos, no menos ha sido el tiempo que León XIV ha esperado pacientemente entre el griterío de los españoles. En una interpretación sobrecogedora, Daniel Diges, Diana Navarro y David Bustamante han interpretado el himno oficial de la Visita, ‘Alzo la mirada’, a una sola voz. Un grupo de bailarines acompañaba el canto, que se ha vuelto ensordecedor con la subida de León XIV al escenario. El hombre de blanco estaba por fin en el Bernabéu.

Aprender a catar la fe

Con todos ya sentados, cada uno en su sitio, el acto ha arrancado oficialmente con las palabras del cardenal José Cobo, que ha dado la bienvenida a León XIV en nombre de todos los presentes: «Santo Padre, unidos a la Iglesia universal, no queremos dejar de cantar, pero sí aprender a cantar juntos; no encerrarnos en nuestra propia voz, sino abrirnos a la fraternidad para que el Espíritu Santo componga un canto mayor que nos supera. Queremos ser un coro eclesial tan humilde y atento que se puedan oír hasta las voces más frágiles y lejanas». Y recordamos nuestras dudas iniciales: ¿Qué era una diócesis? ¿Qué una «fiesta de la diocesaneidad»?. Pues eso: familia de familias, coro de coros.

Después, de una nueva tanda de aplausos y voces de emoción, y de un vídeo sobre la Iglesia madrileña, León XIV ha escuchado cinco testimonios en representación de toda la diócesis, que han arrancado con palabras de Susana Arregui, por parte de los laicos y el apostolado seglar. Otro de los testimonios más relevantes ha corrido a cargo del padre Fausto Calvo: «Agradecemos profundamente su mensaje en el que comienza llamándonos queridos hijos, lo cual nos conmovió profundamente, y nos recuerda que hoy Madrid, y la Iglesia entera, necesita sacerdotes configurados con Cristo para que podamos entregarnos con el don sincero de nosotros mismos». León XIV se ha fundido en un saludo con este sacerdote madrileño, mientras una decena de sacerdotes subían al escenario para interpretar ‘Ungidos’, el himno del Convivum madrileño.

Y ahora sí, después de una dinámica futbolera narrada por el famosísimo locutor Manolo Lama y los últimos testimonios, desde el centro del escenario, esto es, desde el centro del Bernabéu, esto es, desde el centro de Madrid y esto es, al fin, desde el centro mismo de España, León XIV ha tomado la palabra: «Yo supongo que para un jugador de fútbol hacer un gol en este estadio es algo que marca toda la vida. Don José, hoy la Iglesia de Madrid ha hecho un golazo para siempre». Una emoción indescriptible se ha apoderado del Bernabéu.

Agradecido, León XIV se ha querido sumar a la metáfora musical que ha impregnado la tarde a lo largo de su discurso. Emocionado, y tras saludar a todos los presentes, el pontífice ha explicado: «El canto muestra cómo los números, los datos y los hechos no son suficientes para generar comunidad: nuestro corazón necesita cantar, es decir, interpretar los acontecimientos y las situaciones celebrando con los demás el sentido que irradian. Para la Iglesia, esto ocurre de manera singular en la liturgia, el gran Memorial de la historia que nos ha salvado».

El mandamiento de la Iglesia

La alegría causada por sus palabras y su gesto sereno entre los fieles, además, ha encontrado un espaldarazo definitivo en su siguiente idea: «Vuestra alegría será contagiosa si, de ser una emoción pasajera, se convierte en un modo estable de ser, en un sentimiento profundo que renueva a las personas, a los grupos y a la comunidad diocesana. No es casualidad que los apóstoles, en sus escritos, a menudo inviten a las iglesias a la alegría, recomendándola casi como un mandamiento». Sonreír, mandato de la Iglesia; vivir alegres, una misión de los cristianos. Y como León XIV ha predicado estos días con el ejemplo, las 70.000 sonrisas congregadas se han sumado al festín de alegría.

El Santo Padre, además, ha querido tener unas palabras especiales para la capital que lo ha acogido durante la primera parada de su itinerario español: «Madrid es una gran ciudad donde conviven tradiciones y “almas” diferentes. Dios conoce uno a uno los corazones de sus habitantes. Los conoce como sólo Él sabe y puede hacerlo, es decir, en el amor y, por tanto, en la libertad. Él es misericordia infinita y quiere que todos se salven. Lo desea hasta el punto de hacerse carne y cargar sobre sí todo el pecado, el mal y lo negativo del mundo. ¡He aquí a Jesucristo! ¡He aquí la Buena Nueva, la gracia que hemos recibido y que estamos llamados a compartir con todos! Porque todos, sin excepción, están hechos para la vida y para la vida en plenitud».

Sus últimas palabras han sido una invitación personal, como despedida a la diócesis que ha sobrepasado todas las expectativas, incluso las suyas. «Madrid se ha volcado, ¿verdad?», le preguntó sonriente el Rey Felipe VI. Con sus palabras de hoy el Santo Padre respondía de alguna forma al Jefe del Estado: «Sed, para todos, como una Biblia abierta: que en vuestros rostros y en vuestra vida se pueda encontrar la Palabra de Dios. El amor, efectivamente, es el lenguaje que hace que todos se sientan como en casa». Amado por 70.000 peregrinos, recibido con una euforia incomparable, cualquiera diría que León XIV se ha sentido en casa.

Tras el rezo del Padrenuestro, que ha sobrecogido a todos los presentes y ha hecho de este coro polifónico una sola voz al unísono, el estadio ha estallado en su fervor por el Santo Padre. Hay un trozo de la Iglesia universal que peregrina en Madrid que no deja de crecer y de profesar con alegría su fe, y que hoy se ha entregado incondicionalmente a su pastor. El estadio ha enmudecido con la bendición final, que no ha recaído sobre los 70.000 invitados del encuentro, sino sobre toda una ciudad que lleva tres jornadas con los brazos abiertos.

La despedida del Santo Padre del Bernabéu, último acto multitudinario de su primera parada en España –mañana, antes de su viaje a Barcelona, se encontrará con los voluntarios en IFEMA–, ha estado arropada por los acordes del Himno de la Almudena y por la emocionante interpretación del ‘Himno de la alegría’ por parte de David Bustamante, entre el estruendo de los aplausos y los ‘viva-el-papa’. El broche musical perfecto para esta jornada inolvidable para la Iglesia madrileña. León XIV lo remató en su discurso: «La Verdad es sinfónica, y siempre nos supera». Esta tarde el estadio Santiago Bernabéu ha tocado su sinfonía más verdadera. La sinfonía del amor.

Así fue la jornada