23 Abr Cayetana Heidi Johnson: «Arqueología del Santo Sepulcro: donde ciencia y fe se encuentran»
A continuación les ofrecemos la entrevista realizada en Iglesia en Plasencia a doña Cayetana Heidi Johnson, profesora de la Universidad San Dámaso de Madrid con motivo de su presencia en la Cátedra San Juan Pablo II y la Formación Permanente del Clero.
Arqueología del Santo Sepulcro de Jerusalén: donde la ciencia y la fe se encuentran
Profesora adjunta a Cátedra de la Facultad de Literatura Cristiana y Clásica- San Justino en Hebreo, Arameo, Literatura Judía Rabínica, Textos Hebreos Poéticos y Arqueología (Universidad Eclesiástica San Dámaso desde 2011) y directora del Título Propio “Lenguas y Cultura Judías”, es también profesora ontratada Doctor en la Universidad Francisco de Vitoria con la asignatura Historia de Occidente en las Facultades de Derecho, Comunicación, Periodismo y Bellas Artes desde 2019. Además es arqueóloga, realizando Trabajo de campo en Israel en las excavaciones de Tel Hazor (Galilea) bajo la dirección del Prof. Amnon Ben-Tor desde 1996, y Ciudad de David-Jerusalem con Yuval Gadot/ Yiftah Shalev (Israel Antiquities y Tel Aviv University) desde 2012 hasta la actualidad. Doctora por la Facultad de Literatura Cristiana y Clásica-San Justino de la Universidad Eclesiástica de San Dámaso de Madrid con la tesis doctoral titulada “El motivo iconográfico y literario del monstruo marino como símbolo de redención”, es licenciada en Ciencias Políticas y en Estudios Hebreos y Arameos (Premio extraordinario fin de carrera) y diplomada en Lenguas y Culturas del Mediterráneo Antiguo por la Complutense. Ha participado en la Formación Permanente del Clero con su exposición sobre: ‘Arqueología de la pasión. El santo sepulcro y su simbolismo’
– ¿Cuál fue el eje de su disertación?
– El contexto arqueológico del Santo Sepulcro de Jerusalén. Las piedras nos dan una información valiosísima al servicio de la historia y la devoción del lugar.
– Sin lugar a duda, el Santo Sepulcro es uno de los grandes ejes del cristianismo y el lugar de peregrinación más importante de la cristiandad.
– No cabe duda. El terreno conserva sus cicatrices que, junto a los acontecimientos históricos, nos ayudan a rastrear la construcción de la cultura religiosa con sus prácticas devocionales más la curiosidad sobre la verdad del lugar en un tiempo concreto.
– ¿En qué se basa su autenticidad casi 2000 años después?
– Como investigadores leemos todas las fuentes documentales tanto de la tradición judía como la romana, la cristiana, etc. Nos apoyamos también en los relatos de peregrinos pues son las guías vivas de las costumbres e itinerarios de miles de peregrinos y viajeros, cuyos nombres no conocemos pero que nos brindan una información preciosa sobre el terreno para indicarnos los lugares santos y proceder con el pico y la pala. Dentro de las fuentes, sabemos que antes de que se erigiera una iglesia en ese lugar, el emperador romano Adriano, con la intención de borrar para siempre la memoria de este sitio sagrado, lo preservó involuntariamente al erigir un templo a la diosa Venus. Después, en el s.IV se levantó la primera basílica de la cristiandad, con Constantino el Grande y Santa Elena, del que ya no queda nada más que los restos enterrados ritualmente en el subsuelo de la iglesia actual. La estructura resistió a terremotos y los avatares de la historia hasta que el califa Omar, con la intención de preservar la iglesia como tal, no rezó allí para que no se interpretase que debía ser transformada en mezquita. De ahí procede el Pacto de Omar del 637 d.C., para proteger los santos lugares cristianos bajo la bandera de la libertad religiosa. Sin embargo, a pesar de ello, se produjo una demolición masiva y catastrófica de la iglesia, en el año 1009, ordenada por un califa fatimí cruel, un gobernante aberrante según las crónicas de su tiempo cuyo sucesor inmediato, tan solo unos años después, autorizó su reconstrucción completa. Pero sólo se pudo hacer una restauración limitada al no haber suficientes recursos por el lado de la iglesia bizantina. Por ello, la basílica original terminó por desaparecer para siempre. Cuando llegaron los cruzados en 1099, la situación no fue nada fácil, los enfrentamientos eran constantes, incluso llegaron a saquear Constantinopla. Aun así, algunos de ellos —clérigos, ingenieros, artesanos— poseían la suficiente piedad y visión como para dejar otro legado: la iglesia del Santo Sepulcro, que todavía hoy, casi mil años después, nos maravilla.
– Después de esos casi 2000 años, ¿qué falta por descubrir, que falta por autentificar? ¿Cuántas investigaciones hay abiertas y en qué línea van?
– El actual proyecto arqueológico surge en 2016 por la necesidad urgente de preservar el Santo Sepulcro, que estaba en el límite de colapso por las grietas subterráneas. El Dr. Amit Reem de Israel Antiquities (la institución israelí que tutela el patrimonio del país) ya avisó del riesgo al ver algunas secciones del Edículo, la Tumba de Jesús, es un estado sumamente frágil. Por ello, las diversas denominaciones cristianas se pusieron en marcha con equipos cualificados para renovar y consolidar todo, incluyendo la fontanería, la ventilación, etc. La urgencia era tanto espiritual como estructural. Dentro de los hitos de estos trabajos de recuperación, se pudo exponer por primera vez en más de 500 años la losa funeraria original de Cristo, un momento único donde confluyen tanto la fe como la ciencia. También los arqueólogos descubrieron que el yacimiento funcionó en su día como una cantera activa en la Edad del Hierro, utilizada para extraer piedra caliza que eran transformadas en sillares para las construcciones de la ciudad de Jerusalén. A medida que cesaron las canteras, la zona fue rellenándose gradualmente y convertida en un jardín agrícola, con olivos y vides, hecho que se confirma con una de las disciplinas transversales, la arqueobotánica, que incluyen antiguos huesos, semillas de uva, polen y huesos de animales. Estos hallazgos reflejan la descripción del Evangelio de Juan: “En el lugar donde fue crucificado, había un jardín” (Juan 19,41). Todo ello nos ayuda a comprender el ambiente humano y de la naturaleza que también forman parte de la existencia material y física del entorno de entonces. La vida humana no se desarrolla en condiciones abstractas.
– Para los que no hemos ido. ¿Cómo se estructura?
– Las partes esenciales se articulan en el Gólgota, la Piedra del Descendimiento y el Edículo. Luego están las distintas capillas, cada una con su encanto y devoción que bien merece conocerse, tuteladas por los armenios, los griegos ortodoxos, los católicos, los coptos y la comunidad etiópica.
– ¿Dónde notamos la presencia de Dios? ¿Qué transmite, que representa, qué se siente espiritualmente al visitar el Santo Sepulcro?
– A Dios no se le puede encerrar. Cada espacio, cada piedra, cada escalón, forma parte de un camino físico que se convierte en espiritual según uno va deambulando en el silencio y el perfume de las velas. El susurro de las plegarias en diversas lenguas nos lleva a comprender que estamos bajo un mismo Dios.
“A Dios no se le puede encerrar.
Cada espacio, cada piedra, cada escalón,
forma parte de un camino físico que se convierte en espiritual
según uno va deambulando en el silencio y el perfume de las velas”
– ¿Cómo es allí el trabajo de campo?
– Los equipos trabajan en turnos de veinticuatro horas, que se interrumpe cuando hay servicio religioso. Para mí es simbólico también: el ciclo devocional de los ritos también se refleja en el ciclo del trabajo material que preserva el Santo Lugar. Pico y pala y la fe contribuyen a la construcción divina entre nosotros.