31 Mar ‘Su amor nos salva’, mensaje de Semana Santa de Monseñor Brotóns en Iglesia en Plasencia
A continuación reproducimos el mensaje de Semana Santa de nuestro Obispo, Monseñor don Ernesto Brotóns, publicado en el último número de la revista diocesana Iglesia en Plasencia.
Semana Santa: su amor nos salva
Ante el misterio de la muerte de Jesús siempre habrá que guardar, en primer lugar, un respetuoso, contemplativo y orante silencio. Su ejecución no fue, sin más, la de un crucificado entre miles de crucificados, la pasión, humillación y muerte de uno de nuestra raza, sino la pasión, humillación y muerte del mismo Hijo de Dios, hecho hombre. Involucra a Dios y al hombre. Por ello, nunca podremos agotar ni abarcar del todo el misterio de la cruz. Nos sumerge en el misterio de un Dios que se deja afectar en libertad y amor por nuestro destino. “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su único Hijo para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16). Todo se juega en un exceso de amor. Todo se juega en un eterno por nosotros que nos alcanza.
Dicen que cuanto más perfecto, cuanto más capaz de amar es alguien, más capaz es de sufrir. El papa Benedicto, en su encíclica sobre la esperanza, nos recordaba que “la grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre”. “Aceptar al otro que sufre [nos decía] significa asumir de alguna manera su sufrimiento de modo que éste llegue a ser también mío”. Y nos preguntaba: “¿El otro es tan importante como para que, por él, yo me convierta en una persona que sufre?”. “Sufrir con el otro, por los otros; sufrir por amor de la verdad y de la justicia; sufrir a causa del amor… son elementos fundamentales de humanidad cuya pérdida destruiría al hombre mismo” (cf. SS 38-39). Son criterio de humanidad y, me atrevería a decir, de divinidad. En el salmo 82, de hecho, el Señor reprocha a los ídolos (también a los actuales, el afán de poder y de riqueza, el beneficio a costa de lo que sea y de quien sea, las ideologías que polarizan y dividen, nuestros egos y apegos…) su falta de compasión y su nula defensa de la justicia: “¿Hasta cuándo defenderéis la injusticia, poniéndoos a favor de los malvados? ¡Defended al desvalido y al huérfano, haced justicia al humilde y necesitado!” (Sal 82,2s).
Para sanar nuestras heridas, para redimir nuestro pecado y darnos vida, el mismo Hijo de Dios entregó su vida por nosotros en la cruz, mostrándonos que solo quien es capaz de sufrir por amor es capaz de abrir en nuestro mundo horizontes de gozo y de esperanza. Ni en la enfermedad, ni en el sufrimiento, ni en medio de nuestras angustias, miedos o incertidumbres estamos solos. Como buen Cireneo, el Señor carga sobre sus hombros toda nuestra fragilidad, incluso nuestro pecado. Así de valiosos somos para Dios. “El hombre (cito de nuevo al papa Benedicto) tiene un valor tan grande para Dios que se hizo hombre para poder com-padecer Él mismo con el hombre, de modo muy real, en carne y sangre, como nos manifiesta el relato de la Pasión de Jesús”. Ahí radica el verdadero poder redentor, en ese amor sin reservas, pues la cruz por sí sola solo sería un instrumento de tortura. Ahí se manifiesta de manera sorprendente y paradójica la omnipotencia divina. San Agustín enseñará que Dios venció al diablo en la cruz porque éste, en todo su poder, era incapaz de morir por amor. Por eso, la pasión de Cristo no es solo (que lo es) denuncia y expresión del pecado del hombre, de hasta dónde puede llegar la maldad del ser humano en su ciego amor al poder (desgraciadamente, lo estamos viendo todos los días), sino la afirmación de la grandeza y la hondura del amor de Dios, de hasta dónde es capaz de llegar en su pasión por nosotros.
La Resurrección manifiesta cómo la lógica ilógica del amor al poder que tanto dolor y opresión genera es vencida por el poder del Amor con mayúscula y Rostro. En su victoria sobre la muerte, Dios pronuncia un sí liberador sobre todos y cada uno de nosotros, que nos acoge y nos acepta como somos y estamos, que redime y libera, un sí fecundo que no deja de suscitar hoy ríos de misericordia y solidaridad en tantos corazones que son signo e instrumento de esperanza. El que se ha solidarizado con nosotros hasta el final va a compartir con nosotros su destino. Si la muerte no tuvo la última palabra sobre Jesús, tampoco la tiene sobre nuestras vidas, ni sobre la Historia o la Humanidad, aunque, en ocasiones, contemplar tanto sufrimiento a nuestro alrededor pueda hacernos dudar. Dice el poeta: “amar es decir «no morirás nunca»”. Y estas palabras, sin duda, adquieren una fuerza inusitada cuando el que ama es el mismo Dios. Por eso, nada hemos de temer. Cristo resucitado está vivo y camina como Señor y Hermano en medio de nosotros. Él es nuestro destino.
Queridos hermanos y hermanas. Os invito a vivir estos días con todo el corazón y el alma, con corazón agradecido por tanto amor. Que sean días de oración, participando, además de en las distintas procesiones y actos de piedad de estos días, en las grandes celebraciones litúrgicas del triduo, especialmente en la Vigilia Pascual. Gracias a todos los que, en cada parroquia y en cada comunidad religiosa, hermandad, cofradía…, aportáis vuestro granito de arena para poder vivir con hondura, belleza y profundidad la Semana Santa.
No olvidemos la caridad con nuestros hermanos más necesitados, ni la petición humilde, confiada y constante, por la paz, por esa paz tan frágil y tan vapuleada en nuestro mundo herido. Nuestra esperanza se apoya en Cristo crucificado y resucitado por nosotros. Él es nuestra esperanza.
¡Feliz Semana Santa a todos!