Homilía en la Ordenación Episcopal de Don José Luis Retana Gozalo

Homilía en la Ordenación Episcopal de Don José Luis Retana Gozalo

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1.- Ávila y Plasencia son diócesis vecinas y amigas. En su historia ha habido frecuente “intercambio de dones”. Podemos recordar algunos hechos de los últimos decenios.

Mons. Santos Moro Briz, que rigió la diócesis de Ávila desde el año 1935 hasta 1968, había pertenecido al presbiterio abulense, porque su parroquia Santibáñez de Béjar era de la Diócesis de Ávila. Aunque tengan los sentimientos también su voz, es verdad que para un cristiano toda Iglesia diocesana es su hogar.

Mons. Felipe Fernández García perteneció al presbiterio de Plasencia. Desde el año 1976 hasta 1991 fue obispo de Ávila. Durante su ministerio se construyó la actual sede del Seminario de Ávila en Salamanca, donde tú has sido rector quince años. Hoy, querido amigo, desde el presbiterio de Ávila, pasas a Plasencia como su obispo. Esta intercomunicación es oportunidad de colaboración saludable y mutuo enriquecimiento entre unas diócesis y otras.

Mons. Carlos López, actualmente obispo de Salamanca, originario del presbiterio de Ávila, recibió en esta catedral el año 1994 la ordenación episcopal. Me consta el afecto y la memoria agradecida de sus años de ministerio en esta querida diócesis. Aunque todo traslado afecta a sentimientos hondos, pervive la amistad y el recuerdo del tiempo ministerial transcurrido.

Permítanme que yo recuerde en esta celebración que D. José Luis y un servidor fuimos monaguillos del mismo párroco, que dejó en ambos una huella imborrable también en forma de llamada al sacerdocio ministerial. Durante años formamos parte del mismo presbiterio; desde hoy somos hermanos en el ministerio episcopal, compartiendo la responsabilidad apostólica.

2.- Juan es el Precursor del Mesías. Fue anunciado su nacimiento a Zacarías antes que a María el del Salvador. De Juan el Bautista celebra la Iglesia hoy su Natividad y dentro de seis meses la Natividad del Señor. Precedió la circuncisión y la imposición del nombre de Juan a las de Jesús; igualmente es narrada con anterioridad la vida oculta de Juan a la vida oculta de Jesús en Nazaret. En la visita de María a Isabel, ambas madres gestando, una providencialmente y otra virginalmente, bendicen a Dios y se felicitan entre sí; el hijo de Isabel salta de gozo por la presencia del Señor en el seno de María. Más tarde se encontrarán el Precursor y el Precedido, ya que Juan antecede también a Jesús en la predicación y ante la insistencia de Jesús accedió el Bautista a bautizarlo. Por último también en el martirio fue precursor Juan de Jesús.

Los caminos de Juan y Jesús discurren a poca distancia y se encuentran ocasionalmente. El Nuevo Testamento subraya cómo Juan está en el umbral del tiempo de la expectación y del cumplimiento de las promesas de Dios que irrumpe con Jesús. Desde la mirada conjunta del Evangelio descubrimos que Juan va delante de Jesús sólo temporalmente, como estadio previo en el designio salvífico de Dios, pero Jesús, el que viene detrás del Precursor es el anunciado, el precedido, el que existía antes que el Bautista. Con diversas expresiones reconoce Juan su lugar en relación con el que corresponde a Jesús. “Yo no soy quien pensáis, pero mirad viene uno detrás de mí a quien no merezco desatarle las correas de sus sandalias” (cf. Act. 13, 25). Conviene que él crezca y que yo mengüe; es necesario que el Precursor deje el primer puesto a Jesús. Juan era solo la voz que clamaba en el desierto predicando la conversión para que el pueblo se dispusiera adecuadamente a recibir al Mesías. Jesús es la Palabra, y Juan es el eco anticipado de la Palabra. Hay un signo elocuente del lugar subordinado que ocupa Juan en relación con Jesús: Encamina sus discípulos al Señor a quien ha presentado como el Cordero que quita el pecado del mundo (cf. Jn. 1, 29.37). Juan desde la cumbre de su reconocimiento por el pueblo va entrando en la penumbra hasta desaparecer definitivamente.

Llaman la atención del Bautista, cuya Natividad hoy celebramos, tanto la palabra valiente de denuncia y llamada a la conversión como el estilo impresionante de vida que respalda la interpelación de la predicación. Ocupó humildemente el lugar del siervo que reconoce al Señor la precedencia real. Ante la Luz del mundo que es Jesús, Juan se eclipsa.

El Bautista en su predicación denunció las injusticias y la extorsión padecidas por los indefensos. No cedió ni a las amenazas ni a los halagos de los poderosos. Los pobres están en el corazón del Evangelio; por ello, ha dicho el Papa Francisco: “Los pobres son un imperativo que ningún cristiano puede olvidar”. Ama, querido José Luis, con amor de padre a los pobres, débiles y excluidos; atiende con solicitud especial a los jóvenes que miran el futuro con incertidumbre; abrir las puertas a los que hoy llegan hasta vosotros, como antaño vinieron trashumantes de las montañas de Castilla, buscando otros horizontes de vida. A nuestro paisano Vasco de Quiroga (Madrigal de las Altas Torres, 1470), obispo de Michoacán, los indios llamaban “Tata Vasco” ¡Que seamos también nosotros merecedores de ser reconocidos “padre de los pobres”!

El ministerio episcopal, que hoy recibes, consiste en ser precursor del Señor, encaminando las personas al encuentro con Jesucristo; transparentando en la vida al que vino no a ser servido sino a servir y entregar la vida por todos; retirando nuestro “ego” del centro, y pasando al último puesto. Estamos llamados a ocupar siempre el lugar del siervo, ya que solo Jesús es el Señor. “El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos” (Mc. 10, 43-44).

El Arzobispo de Buenos Aires, Card. Mario Bergoglio, hoy Papa Francisco, en una intervención pronunciada en la Asamblea del Sínodo de los Obispos celebrada en octubre del año 2001 sobre “el Obispo Servidor del Evangelio de Jesucristo para esperanza del mundo”, dijo gráficamente apoyándose en el Señor. El obispo está en medio de la grey como el que sirve (cf. Lc. 22, 27). Unas veces va delante abriendo camino y guiando al rebaño; otras, camina entre las ovejas escuchando, promoviendo la concordia y tendiendo puentes de paz; otras veces va detrás de las ovejas, animando a las cansadas, curando a las enfermas y vendando a las heridas. El pastor es inseparable del rebaño, cuya suerte comparte; no apacienta a distancia. Vela con solicitud sobre su rebaño, sin convertirse en espía que intenta controlar a los demás.

3.- La celebración en que estamos participando reviste una importancia grande para todos nosotros y particularmente para la diócesis de Plasencia y su nuevo obispo. Nos hemos reunido en la presencia del Señor muchas personas venidas de otras diócesis, pero sobre todo de esta querida Diócesis Placentina. Participamos en comunión eclesial de esta fiesta, alegrándonos con los hermanos que estrenan hoy pastor, después del ministerio episcopal de Mons. Amadeo y de la administración diocesana de D. Francisco.

La trascendencia de la ordenación episcopal se refleja de muchas maneras. Después de un examen singular del candidato, que desde los primeros siglos se practica, tiene lugar la Imposición de manos de los Obispos y la Plegaria de Ordenación, pronunciada en alta voz por el que preside la celebración, y a la que se une toda la asamblea orando al Señor. Pedimos a Dios la efusión del Espíritu Santo sobre el elegido para que desempeñe con fidelidad el ministerio episcopal en la diócesis que se le encomienda.

Recibe la plenitud del sacramento del orden a través de la imposición de manos y la plegaria de ordenación; a continuación algunos gestos elocuentes explicitan la transmisión del ministerio episcopal.

Hay un gesto relevante que consiste en que al obispo ya ordenado se le invita a tomar posesión de su cátedra, es decir, de la sede desde donde impartirá la enseñanza autorizada del Evangelio y de la doctrina de la Iglesia. Precisamente la iglesia del obispo, la iglesia principal y madre de las demás iglesias de la diócesis, se llama “Ecclesia cathedralis” porque en ella está la cátedra del obispo. Significa la autoridad magisterial que recibe el obispo para testificar auténticamente el Evangelio y mantener viva en su Iglesia la tradición apostólica. A continuación, los obispos hermanos en el ministerio saludan al nuevo obispo para expresarle la fraternidad en el episcopado y la responsabilidad pastoral compartida. Entra a formar parte del Colegio Episcopal, presidido por el Papa Francisco, Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal. Una Iglesia particular existe y vive en la comunión de las Iglesias. Es un indicio coherente con el alcance eclesial del signo el qué al ocupar la sede, la comunidad cristiana exprese con un aplauso la satisfacción y acogida del nuevo obispo.

Una vez ordenado sacramentalmente y después de haber tomado posesión de la cátedra episcopal, rubricando con el aplauso la aceptación y el reconocimiento por los participantes, el nuevo obispo preside la liturgia eucarística acompañado por los demás obispos y presbíteros que concelebran con él. La Eucaristía es la fuente de la unidad de la Iglesia y el centro del servicio episcopal en la diócesis que preside. Desde el altar, desde la mesa eucarística, el obispo está en medio de su pueblo como el que sirve, siguiendo los pasos de Jesús, Modelo de pastores.

Los santos misterios por excelencia, el memorial de la muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo, se celebra en la comunión de la Iglesia católica. Testimonio de esta comunión es el que el presbítero en la plegaria eucarística nombre al Papa y a su Obispo. Toda Eucaristía celebrada en cualquier rincón del mundo recibe el sello de su legitimidad por la comunión con el Papa y el Obispo. Una diócesis no se da a sí misma el obispo, sino que lo recibe; y de manera semejante, una parroquia recibe también a su párroco designado por el obispo, que tiene la responsabilidad de “distribuir los ministerios y los oficios” según la voluntad de Dios (Plegaria de ordenación). Cada Iglesia local existe en un movimiento constante de intercambio de dones, de acogida y oferta, que manifiesta la vitalidad de la comunión eclesial. En la familia de la fe que es la Iglesia no somos extraños sino hermanos; nadie es autosuficiente y todos somos indigentes.

4.- El año 1966, en un comentario postconciliar temprano sobre el ministerio de santificar de los obispos según la constitución Lumen gentium nos dejó, amigo José Luis, unas palabras que hoy compartimos, nuestro querido D. Baldomero Jiménez Duque, durante muchos años rector del Seminario de Ávila. El ministerio episcopal no es un honor sino un servicio; y las circunstancias de nuestra situación histórica nos lo recuerdan claramente. El obispo desea que los hombres encuentren a Dios como fuente de vida eterna; con su fe viva debe ser el apoyo a la fe vacilante de otros. Su ministerio de enseñanza, de dirección y administración de la diócesis sea auténticamente pastoral y santificador. No es sólo el custodio del orden en la comunidad cristiana y la persona competente que enseña; es el “ungido”, el objetivamente santificado y consagrado, para que sirva en las manos de Dios a santificar a su pueblo. Y sin pretender abrumarnos con una larga lista de condiciones que explicitan el amor a Dios y al rebaño confiado nos exhorta: “Que el obispo sea “caritativo, sencillo, humilde, pobre de verdad, sin apetencias de dominio, paciente, mortificado, abnegado, hombre de contemplación, de fe y de esperanza insobornable, celoso, trabajador, valiente, atento a las exigencias de los tiempos”. Tú, querido amigo, promoviste acertadamente una publicación colectiva sobre D. Baldomero como “formador de hombres y forjador de sacerdotes”, uniendo en el escrito a muchos que reconocemos la deuda contraída con el inolvidable rector del Seminario de Ávila (BAC Madrid, 2005).

¡Qué nuestra Señora la Virgen del Puerto, del Castañar y de Guadalupe te muestre diariamente a Jesús, el fruto bendito de su vientre!.

Plasencia, 24 de junio de 2017

Solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista

Mons. Ricardo Blázquez Pérez

Cardenal Arzobispo de Valladolid

Presidente de la Conferencia Episcopal Española